En la penumbra de la madrugada: Cuando mi cuñada y sus hijos llamaron a mi puerta
—¡Ángela, por favor, abre!—. El timbre retumbó en la madrugada, y la voz quebrada de Lucía atravesó la puerta como un cuchillo. Me levanté sobresaltada, el corazón galopando en el pecho. Al abrir, la vi: descompuesta, con el pelo revuelto y los ojos rojos. A su lado, mis sobrinos, Pablo y Martina, abrazados a una mochila cada uno.
—¿Qué ha pasado?— pregunté, aunque en el fondo ya lo intuía. Mi hermano Sergio llevaba meses distante, y las discusiones entre él y Lucía se habían vuelto el pan de cada día en las comidas familiares. Pero nunca imaginé esto.
Lucía entró sin mirarme, arrastrando a los niños. Se desplomó en el sofá y rompió a llorar. Pablo, con apenas nueve años, me miró buscando respuestas. Martina, de seis, se acurrucó junto a su madre.
—No podía quedarme allí ni un minuto más —sollozó Lucía—. Sergio… Sergio me ha engañado, Ángela. Y no es la primera vez.
Sentí una punzada de rabia y vergüenza. ¿Cómo podía ser mi hermano capaz de algo así? Recordé nuestra infancia en Valladolid, cuando Sergio era mi héroe y yo la hermana pequeña que le seguía a todas partes. ¿En qué momento se había roto todo?
Me senté junto a Lucía y le tomé la mano. —Aquí estáis seguros. No te preocupes por nada esta noche.
Los niños se quedaron dormidos en mi cama mientras Lucía y yo hablábamos en voz baja en la cocina. El reloj marcaba las tres cuando ella me confesó que llevaba meses sospechando. Mensajes extraños en el móvil de Sergio, ausencias injustificadas, el perfume ajeno en su ropa.
—Esta tarde lo vi con ella —dijo Lucía con voz hueca—. No me vio. Pero yo… no podía seguir fingiendo.
La rabia me quemaba por dentro. Pensé en mis padres, ya mayores, que siempre habían defendido a Sergio incluso cuando era evidente que no era el hijo ejemplar que aparentaba ser. ¿Cómo les contaría esto? ¿Y si me pedían que mediara? Yo, que siempre fui la que intentaba mantener la paz.
A las seis de la mañana, Sergio llamó. No contesté. El móvil vibraba una y otra vez sobre la mesa mientras Lucía dormía en el sofá, exhausta.
Al amanecer, preparé chocolate caliente para los niños. Pablo me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Tía Ángela, vamos a volver a casa?
No supe qué responderle. ¿Qué casa? ¿La de los gritos y las mentiras? ¿O la mía, donde apenas cabíamos todos pero al menos había calma?
A media mañana llamaron mis padres. Sabían que algo iba mal; Sergio les había contado su versión: que Lucía se había ido sin motivo, que estaba histérica. Sentí cómo la culpa me apretaba el pecho.
—Ángela, hija —dijo mi madre al teléfono—, ayúdanos a arreglar esto. Habla con tu hermano. Lucía siempre ha sido muy dramática…
Me mordí la lengua para no gritarle que esta vez no era Lucía la exagerada. Que Sergio había cruzado una línea.
Esa tarde, Sergio apareció en mi portal. Llamó insistentemente al telefonillo.
—Ángela, déjame pasar. Necesito hablar con Lucía y los niños.
Miré a Lucía; estaba pálida pero firme.
—No quiero verle —susurró—. No estoy preparada.
Bajé yo sola. En el portal, Sergio tenía el rostro desencajado.
—¿Por qué haces esto? —me espetó—. ¡Eres mi hermana!
—Precisamente por eso —le respondí con voz temblorosa—. Porque soy tu hermana y porque te quiero… pero no puedo tapar lo que has hecho.
Sergio bajó la cabeza y murmuró:
—No quería hacerles daño…
Sentí lástima por él y también por mí misma, por todos los años intentando mantener una familia que ya estaba rota desde hacía tiempo.
Durante días vivimos en una especie de limbo. Los niños iban al colegio desde mi casa; Lucía buscaba piso; mis padres me llamaban cada noche suplicando que convenciera a Lucía de volver con Sergio «por el bien de los niños».
Una noche discutí con mi madre por teléfono:
—¡Siempre le perdonáis todo! ¡Nunca pensáis en Lucía ni en los niños!
—Es tu hermano —me respondió ella entre sollozos—. La familia es lo más importante.
Colgué llorando de rabia e impotencia. ¿Qué significa ser familia? ¿Tapar las miserias para no romper la fachada? ¿O proteger a quienes más lo necesitan?
Finalmente, Lucía encontró un pequeño piso cerca del colegio de los niños. El día que se marcharon sentí un vacío inmenso y también alivio: ya no tendría que elegir cada día entre mi hermano y mi cuñada, entre la lealtad y la justicia.
Sergio me llamó semanas después para pedirme perdón por ponerme en medio de todo aquello.
—No sé si algún día podré perdonarte —le dije—. Pero espero que aprendas algo de todo esto.
Hoy sigo preguntándome si hice lo correcto. Mis padres apenas me hablan; Sergio intenta reconstruir su vida; Lucía y los niños empiezan de nuevo con cicatrices invisibles.
A veces me despierto en mitad de la noche preguntándome: ¿cuántas familias viven atrapadas en mentiras por miedo al qué dirán? ¿Cuántas Ángelas hay callando para no romper lo poco que queda?