La asistenta y el Ferrari: una carrera contra el destino en las afueras de Madrid
—¡Por Dios, Lucía, haz algo! —gritó la señora Carmen desde el salón, con la voz quebrada por el pánico.
Yo, Lucía, la asistenta de la familia Ortega, apenas tuve tiempo de pensar. El corazón me latía a mil por hora mientras veía a Martina, la hija pequeña, desplomarse en el suelo del recibidor. Su carita, normalmente llena de vida y travesuras, estaba ahora pálida como el mármol de la cocina. El reloj marcaba las seis y media de una tarde cualquiera en Las Rozas, pero nada volvería a ser igual.
—¡Martina! ¡Martina! —corrí hacia ella, arrodillándome a su lado—. ¿Me oyes, cielo? ¡Respira!
Carmen temblaba, incapaz de marcar el número de emergencias. El móvil se le resbalaba entre los dedos sudorosos. El señor Javier no estaba; como siempre, reuniones interminables en el centro de Madrid. Yo era la única adulta en casa.
Miré alrededor desesperada. El coche familiar estaba en el taller. Solo quedaba el Ferrari rojo del señor Javier, ese que nunca nadie podía tocar, ni siquiera para quitarle el polvo. Las llaves colgaban en su despacho, brillando como una tentación prohibida.
—No puedo… —susurré para mí misma—. ¿Y si le pasa algo por mi culpa? ¿Y si no llegamos a tiempo?
Pero Martina jadeaba cada vez más débilmente. No había tiempo para dudas ni para respetar normas absurdas. Corrí al despacho, agarré las llaves y salí disparada al garaje. Ni me quité el delantal ni los guantes de limpiar. Solo pensaba en llegar al hospital.
El rugido del Ferrari rompió la tranquilidad del vecindario. Los vecinos salieron a los balcones, algunos con móviles en mano, otros murmurando: «¿Pero esa no es la asistenta de los Ortega? ¿Qué hace con ese cochazo?». Sentí sus miradas clavadas en mi nuca, pero no me importó. Martina gemía débilmente en el asiento del copiloto, y yo solo podía pensar en ella.
—Aguanta, cariño, ya llegamos —le repetía mientras sorteaba el tráfico con manos temblorosas.
En cada semáforo en rojo, sentía que el tiempo se detenía y que el mundo entero conspiraba contra nosotras. Un guardia urbano intentó pararme cerca del hospital, pero le grité por la ventanilla:
—¡Es una emergencia! ¡La niña se muere!
Por suerte, entendió y me dejó pasar. Aparqué como pude frente a Urgencias y salí corriendo con Martina en brazos. Los médicos nos recibieron al instante.
Mientras los sanitarios se llevaban a Martina, yo me desplomé en una silla del pasillo, sin aire y con las manos aún enfundadas en los guantes amarillos. Carmen llegó poco después, llorando y abrazándome como si fuera parte de su familia.
Pasaron horas eternas hasta que un médico salió a decirnos que Martina estaba fuera de peligro. Había sufrido una reacción alérgica grave y mi rapidez le había salvado la vida.
Cuando Javier llegó al hospital, supe que tendría que enfrentarme a él. Imaginé gritos, reproches y quizá hasta perder mi trabajo. Pero lo que ocurrió me dejó sin palabras.
—Lucía —dijo Javier con voz ronca—. Gracias. No sé cómo voy a poder devolverte esto…
Me abrazó fuerte, delante de todos. Los vecinos que habían venido a curiosear bajaron la cabeza avergonzados. Carmen me miró con lágrimas en los ojos y me susurró:
—Eres parte de esta familia desde hoy.
Esa noche, al volver a casa en metro —porque el Ferrari se quedó en el hospital— pensé en todo lo ocurrido. ¿Cuántas veces juzgamos a alguien por su trabajo o por su origen? ¿Cuántas veces olvidamos que todos podemos ser héroes cuando más se nos necesita?
¿Y tú? ¿Qué habrías hecho si estuvieras en mi lugar?