La boda de Lucía: Entre la ceguera y la esperanza en un pueblo andaluz

—¡No me lo puedo creer, papá! ¿De verdad piensas que mi vida vale tan poco? —grité, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta, mientras mi madre lloraba en silencio en la cocina.

Mi nombre es Lucía. Nací en un cortijo blanco, entre olivos y campos de trigo, en un pueblo perdido de la sierra de Córdoba. Desde pequeña, supe que era diferente. No veía el azul del cielo ni el verde de los naranjos; solo escuchaba las voces, los pasos sobre el suelo de barro, el rumor de la fuente en el patio. Mi padre, Don Manuel, era un hombre seco, orgulloso de su apellido y de sus tierras. Mi madre, Carmen, siempre intentó protegerme, pero en el fondo sabía que en este pueblo las mujeres como yo no tenían futuro.

—Lucía, hija, no hay otra salida —me dijo mi padre una tarde de agosto, cuando el calor apretaba y las chicharras no callaban—. Nadie te va a querer. Ya sabes cómo son las cosas aquí. Mejor casada con alguien humilde que sola y a expensas de la caridad.

El elegido fue Antonio, el mendigo del pueblo. Un hombre joven, pero marcado por la vida: huérfano desde niño, dormía bajo los soportales de la iglesia y pedía limosna en la plaza. Nadie le prestaba atención, salvo las viejas que le daban un trozo de pan duro o una moneda suelta. Cuando me lo dijeron, sentí que el mundo se me venía encima.

—¿Por qué yo? —le pregunté a mi madre entre sollozos—. ¿Por qué no puedo tener una vida normal?

Ella me acarició el pelo y me susurró:

—La vida nunca es justa, hija mía. Pero a veces, donde menos lo esperas, encuentras un motivo para seguir adelante.

La boda fue sencilla, casi secreta. Nadie del pueblo vino, salvo el cura y dos vecinas que cuchicheaban detrás de sus abanicos. Sentí las miradas de lástima y desprecio clavadas en mi espalda. Antonio apenas habló durante la ceremonia. Solo al final, cuando todos se marcharon y quedamos solos en la pequeña casa que nos dieron mis padres al borde del olivar, se atrevió a decirme:

—No te preocupes, Lucía. No te haré daño. Sé lo que es sentirse solo y despreciado.

Los primeros días fueron duros. Yo lloraba por las noches y él salía a buscar trabajo en lo que fuera: recogía aceitunas, arreglaba tejados, ayudaba a los pastores. Poco a poco, empezó a traerme flores silvestres y a contarme historias del campo: cómo cantan los grillos al amanecer, cómo huelen los jazmines en junio. Descubrí que tenía una voz cálida y unas manos suaves. Me enseñó a distinguir los sonidos de los pájaros y a reconocer las hierbas por su aroma.

Una tarde de tormenta, mientras el viento azotaba las ventanas y yo temblaba de miedo, Antonio se sentó a mi lado y me tomó la mano.

—Lucía —me dijo—, no sé si algún día podrás quererme. Pero yo te prometo que nunca te dejaré sola.

Sentí algo extraño en el pecho: una mezcla de gratitud y ternura. Por primera vez en mi vida, alguien me hablaba sin compasión ni lástima.

Con el tiempo, el pueblo empezó a mirarnos de otra manera. Las vecinas venían a pedirme consejos sobre remedios caseros; los niños jugaban en nuestro patio; incluso mi padre empezó a invitar a Antonio a tomar vino los domingos. La gente murmuraba menos y sonreía más cuando pasábamos por la plaza.

Un día, mi madre me abrazó fuerte y me susurró al oído:

—¿Ves cómo la vida da vueltas? A veces lo que parece una desgracia es solo el principio de algo bueno.

Ahora sé que no hace falta ver para sentir el sol en la cara ni para escuchar el latido del corazón de quien te quiere. Aprendí que la dignidad no depende de lo que digan los demás ni del apellido que lleves.

A veces me pregunto: ¿cuántas Lucías habrá todavía esperando su oportunidad? ¿Cuántos Antonios merecen una segunda mirada? ¿Y tú? ¿Te atreverías a mirar más allá de las apariencias?