La dueña invisible: una noche en el Hotel Sol de Madrid
—¿Perdona? ¿Me estás diciendo que no puedo entrar en mi propio hotel? —Mi voz temblaba entre la rabia y la incredulidad, mientras el reloj de la recepción marcaba las once y cuarto de la noche.
Carlos, el recepcionista de turno, ni siquiera levantó la vista del ordenador. —Mire, señora, no sé quién se cree usted, pero aquí no entra nadie sin reserva. Y menos a estas horas. Si no se va, llamo a la policía. —Su acento madrileño sonaba seco, cortante, como un portazo en la cara.
Sentí que me ardían las mejillas. Había vuelto a Madrid después de tres meses en México para supervisar personalmente las reformas del Hotel Sol de Madrid, el negocio familiar que mi abuela fundó hace más de cincuenta años. Pero Carlos no lo sabía. Nadie del personal nuevo parecía reconocerme; la última vez que estuve aquí llevaba el pelo largo y ahora lo llevaba corto, teñido de rojo. Quizá por eso, o quizá porque llevaba vaqueros y una chaqueta sencilla, pensó que era una cualquiera.
Saqué mi tarjeta centurión del bolso y la puse sobre el mostrador con un golpe seco. —Mira bien esto. ¿Ves el nombre? Sofía. Sofía Jiménez. ¿Te suena?
Carlos cogió la tarjeta con dos dedos, como si le diera asco. —¿Y qué? Aquí cualquiera puede hacerse una tarjeta falsa. —La arrojó al suelo y la pisoteó con su zapato reluciente. —Saca tu trasero de aquí antes de que llame a la policía.
El silencio en el vestíbulo era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Un par de turistas alemanes miraban la escena con los ojos como platos. Detrás del mostrador, Marta, la encargada de limpieza, me lanzó una mirada de disculpa y desapareció por el pasillo.
Respiré hondo. Recordé las palabras de mi abuela: “En esta familia nadie se deja pisotear”. Saqué el móvil y marqué el número de mi abogado.
—Javier, ven al hotel ahora mismo. Y llama a Recursos Humanos. Vamos a hacer limpieza.—
Nueve minutos después, Javier llegó corriendo, aún con el abrigo puesto. Me abrazó rápido y se dirigió a Carlos:
—Carlos, te presento a Sofía Jiménez, propietaria del Hotel Sol de Madrid. Y ahora, recoge tus cosas y vete. Estás despedido.
Carlos se quedó blanco como el mármol del suelo. Balbuceó algo sobre un malentendido, pero Javier fue tajante:
—No hay nada que aclarar. Aquí tratamos a todos con respeto, sobre todo a los dueños.
En menos de media hora, todo el personal de recepción y seguridad que había presenciado la escena fue llamado uno a uno a la oficina. Algunos intentaron justificarse; otros pidieron perdón entre lágrimas. Pero yo ya había tomado una decisión: nadie que permitiera ese trato podía seguir trabajando aquí.
Esa noche dormí en la suite presidencial, sola pero tranquila. Miré por la ventana las luces de Gran Vía y pensé en lo difícil que es mantener los valores familiares en un mundo donde todo parece ir tan deprisa.
Al día siguiente, convoqué a todo el personal restante en el comedor principal. Les hablé con el corazón en la mano:
—Este hotel no es solo un negocio; es mi casa y la vuestra también. Pero aquí no hay sitio para la prepotencia ni para los prejuicios. Si alguien tiene un problema con eso, puede marcharse ahora mismo.
Hubo silencio primero, luego algunos aplausos tímidos. Marta se acercó y me abrazó fuerte.
A veces me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos pasar las injusticias por miedo al qué dirán? ¿Y si todos tuviéramos el valor de defender lo nuestro sin importar las consecuencias?