La entrevista inesperada: una niña, un vestido amarillo y el valor de una familia española
—¿Pero tú de verdad crees que esto es normal, mamá? —La voz de Lucía, mi hija, retumbaba en mi cabeza mientras yo, desde la cama, intentaba no llorar del dolor de la pierna rota.
—Cariño, no hay otra opción. Si no voy a esa entrevista hoy, perderé la oportunidad. Y ya sabes cómo están las cosas… —le respondí, tragando saliva, sintiendo el peso de los meses sin trabajo y las facturas acumulándose en la mesa del salón.
Lucía me miró con esos ojos grandes y serios que solo tienen los niños cuando se sienten responsables de algo muy importante. Se puso el vestido amarillo que tanto le gustaba a su abuela —ese que reservábamos para las fiestas del pueblo— y se recogió el pelo en una coleta alta. Cogió mi carpeta azul, la misma donde guardaba los papeles del paro y los currículums impresos en la copistería del barrio.
—Voy yo, mamá. No te preocupes. Les diré la verdad. —Y antes de que pudiera detenerla, ya estaba saliendo por la puerta, con paso decidido y una determinación que me partía el alma.
En Madrid, un lunes cualquiera, las calles bullían de gente con prisas, pero Lucía caminaba como si supiera exactamente a dónde iba. Cuando llegó al edificio de cristal y acero de GlobalTech, la recepcionista apenas pudo disimular su sorpresa.
—¿Te has perdido, cielo? —preguntó la mujer, con ese tono amable pero distante que usan los adultos cuando no saben qué hacer con un niño.
—No, señora. Estoy aquí para hacer la entrevista en nombre de mi madre. Ella no puede venir porque está enferma. Pero yo sé todo sobre ella y puedo responder a sus preguntas —dijo Lucía, levantando la barbilla con orgullo.
El silencio se hizo espeso en el lobby. Los ejecutivos que pasaban miraban de reojo; algunos sonreían con ternura, otros fruncían el ceño. La recepcionista dudó unos segundos antes de llamar a recursos humanos.
En la sala de espera, Lucía se sentó entre adultos trajeados que no podían evitar mirarla con incredulidad. Uno de ellos, un hombre mayor con corbata azul marino, le preguntó:
—¿Y tú qué haces aquí sola?
—Vengo a luchar por mi madre. Porque en casa hace falta trabajo y ella es la mejor del mundo —respondió Lucía sin titubear.
Cuando finalmente la llamaron para entrar, el director de recursos humanos, don Javier, no sabía si reír o echarla amablemente. Pero algo en la mirada de Lucía le hizo cambiar el chip.
—A ver, pequeña… ¿cómo te llamas?
—Lucía. Y sé todo lo que mi madre sabe hacer. Sé cocinar lentejas para cuatro, ayudar a mi hermano pequeño con los deberes y hasta poner lavadoras sin mezclar los colores. Mi madre dice que eso es ser organizada y responsable.
Don Javier sonrió por primera vez en semanas.
—¿Y sabes trabajar en equipo?
—Claro. En casa somos un equipo: si uno falla, fallamos todos. Por eso estoy aquí.
Las preguntas siguieron, cada vez más serias. Lucía habló de cómo su madre había cuidado a su abuela enferma durante años, cómo había aprendido informática en cursos gratuitos del ayuntamiento y cómo nunca se rendía aunque todo se pusiera cuesta arriba.
Al final de la entrevista, don Javier se levantó y le tendió la mano.
—Dile a tu madre que venga cuando pueda. El puesto es suyo.
Lucía salió del edificio con una sonrisa que iluminaba toda la Gran Vía. Cuando llegó a casa y me abrazó fuerte, supe que algo había cambiado para siempre.
Esa tarde, mientras preparábamos una tortilla de patatas juntas, Lucía me preguntó:
—Mamá, ¿crees que algún día las empresas entenderán lo importante que es la familia?
Y yo me quedé pensando… ¿No sería hora ya de que todos lo entendiéramos?