La verdad que nunca quise ver
—No tienes nada que hacer aquí, Javier. No eres mi hijo. —Las palabras salieron de mi boca como cuchillos, frías y afiladas, mientras él, con la mochila colgando de un solo hombro, me miraba con esos ojos grandes y asustados que tanto me recordaban a Lucía.
La casa estaba en silencio, solo se oía el tic-tac del viejo reloj de la abuela en el pasillo. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con furia, como si el cielo mismo llorara la pérdida de Lucía. Pero yo no podía llorar. No podía sentir nada más que rabia y vacío.
—¿A dónde voy a ir, Pedro? —me preguntó Javier, la voz temblorosa, apenas un susurro.
—Eso ya no es mi problema —le respondí, sin mirarlo a los ojos. Me odié en ese momento, pero el dolor era más fuerte que cualquier otra cosa. Lucía se había ido, y con ella, la única razón por la que acepté a ese niño en mi vida. Siempre supe que no era mío, aunque ella nunca quiso hablar del tema. «Es mi hijo, Pedro, y eso debería bastar», me decía. Pero nunca bastó.
Javier salió de la casa bajo la lluvia, sin mirar atrás. Cerré la puerta con fuerza y me dejé caer en el sofá, sintiendo que algo dentro de mí se rompía para siempre. Mi madre, que vivía en el piso de arriba, bajó al oír el portazo.
—¿Qué has hecho, hijo? —me preguntó, con esa mezcla de reproche y tristeza que solo las madres saben poner en la voz.
—No podía quedármelo, mamá. No es de mi sangre. Lucía me engañó, y ahora… ahora no tengo por qué cargar con ese peso.
Ella negó con la cabeza, suspirando profundamente. —La sangre no lo es todo, Pedro. Pero tú verás.
Los años pasaron lentos, como una procesión de Semana Santa bajo la lluvia. Me refugié en el trabajo, en las partidas de dominó en el bar de la esquina, en las conversaciones vacías con los vecinos. Nadie volvió a mencionar a Javier. En el pueblo, la gente murmura pero nunca pregunta de frente. «Pedro está solo desde que murió Lucía», decían. Y yo me convencí de que así debía ser.
Pero las noches eran largas y frías. A veces, al mirar la vieja foto de Lucía en la mesilla, sentía un nudo en la garganta. ¿Qué habría sido de Javier? ¿Habría encontrado un hogar? ¿O estaría vagando por ahí, como un alma en pena? Me repetía que no era mi culpa, que hice lo que tenía que hacer. Pero el remordimiento era un huésped silencioso que nunca se iba.
Diez años después, una carta llegó a mi buzón. No tenía remitente, solo mi nombre escrito con una letra que me resultaba vagamente familiar. La abrí con manos temblorosas. Dentro, había una nota breve y una copia de un documento. «Pedro, creo que esto te pertenece. Lucía nunca te lo contó, pero yo creo que mereces saber la verdad. Javier es tu hijo. Siempre lo fue. Perdónala, y si puedes, perdónate a ti mismo. —María». María era la mejor amiga de Lucía, la única que estuvo a su lado hasta el final.
El documento era una prueba de paternidad, fechada poco antes de que Lucía enfermara. Mi nombre estaba ahí, junto al de Javier. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Todo ese tiempo, todo ese dolor, toda esa distancia… y Javier era mi hijo. Mi propio hijo.
Me derrumbé en el suelo, sollozando como un niño. Recordé cada momento en que lo rechacé, cada palabra dura, cada mirada fría. Recordé cómo Lucía me suplicó que lo aceptara, cómo me abrazó la última noche antes de morir, diciéndome que cuidara de él. «Es tu hijo, Pedro. Aunque no lo creas, lo es. Cuídalo como si fuera tu sangre». Pero yo, terco y orgulloso, no quise escuchar.
Pasé días sin salir de casa, sin comer, sin hablar con nadie. Mi madre, ya mayor y cansada, me miraba con tristeza. —Nunca es tarde para pedir perdón, hijo. Búscalo. Haz lo que tengas que hacer.
Así que lo busqué. Pregunté en el pueblo, llamé a antiguos amigos, recorrí media España siguiendo pistas vagas. Finalmente, lo encontré en Madrid, trabajando en una librería pequeña cerca de la Gran Vía. Cuando entré, me reconoció al instante. Sus ojos, los de Lucía, se llenaron de sorpresa y desconfianza.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó, la voz más firme de lo que recordaba.
—Vengo a pedirte perdón, Javier. No hay excusas para lo que hice. Solo quiero que sepas la verdad.
Le mostré la carta y el documento. Él los leyó en silencio, sin mirarme. Cuando terminó, dejó escapar un suspiro largo.
—¿Y ahora qué, Pedro? ¿Crees que con esto todo se arregla? —Su voz temblaba, pero no de miedo, sino de rabia contenida.
—No lo sé, hijo. Solo sé que te fallé. Y que daría lo que fuera por poder volver atrás y hacer las cosas bien.
Nos quedamos en silencio, rodeados de libros y recuerdos. No sé si algún día me perdonará. Pero al menos, ahora sé la verdad. Y aunque duela, prefiero vivir con ella que seguir engañándome.
A veces me pregunto: ¿cuántas vidas se destruyen por no escuchar el corazón? ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo nos robe lo que más queremos? ¿Tú qué habrías hecho en mi lugar?