Solo uno volvió: El día que perdí a mi hijo

—¡Pedro! ¿Dónde está tu hermano? —grité al ver a mi hijo mayor entrar solo por la puerta, con la bolsa del pan temblando en sus manos. Mi corazón se detuvo un instante. Pedro, con los ojos llenos de lágrimas, apenas pudo responder.

—Mamá… Víctor… no sé dónde está. Se soltó de mi mano cuando cruzábamos la plaza y… y ya no lo vi más.

Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. El reloj marcaba las seis y media de la tarde, una hora cualquiera en nuestro barrio de Carabanchel, pero para mí el tiempo se detuvo. Salí corriendo a la calle sin pensar, dejando la puerta abierta, a Pedro llorando tras de mí.

La plaza estaba llena de niños jugando, madres charlando en los bancos, ancianos paseando a sus perros. Grité el nombre de Víctor hasta quedarme sin voz. Nadie lo había visto. Nadie sabía nada. El miedo me apretaba el pecho como una garra. ¿Cómo podía haberle pasado esto a mi familia? ¿Por qué le pedí a Pedro que cuidara de su hermano si solo tiene doce años?

Volví a casa para llamar a la policía. Pedro seguía sentado en el suelo del pasillo, abrazado a sus rodillas, repitiendo entre sollozos: “Lo siento, mamá, lo siento”. Me arrodillé a su lado y lo abracé con fuerza, aunque por dentro me sentía rota y culpable. ¿Cómo pude confiar en que un niño cuidara de otro?

La policía llegó rápido. Dos agentes, Marta y Luis, me hicieron preguntas que apenas podía entender: ¿Qué ropa llevaba Víctor? ¿Tenía algún amigo nuevo? ¿Había discutido con alguien últimamente? Pedro intentó ayudar, pero solo recordaba que Víctor llevaba su sudadera azul del Atleti y que quería comprar chuches con las monedas que le di.

Las horas pasaban lentas y crueles. Mi marido, Antonio, llegó del trabajo pálido como un fantasma. Discutimos. Él me reprochó haber dejado que fueran solos. Yo le grité que siempre exagera, que es imposible tenerlos vigilados cada segundo. Nos abrazamos llorando en el pasillo, mientras Pedro nos miraba desde su rincón, más pequeño que nunca.

Los vecinos se volcaron en la búsqueda. Carmen, mi vecina del quinto, organizó grupos para recorrer el barrio. Los padres del colegio de Víctor compartieron su foto por WhatsApp y redes sociales. La policía rastreó cámaras de seguridad y preguntó en cada tienda. Yo solo podía pensar en mi hijo pequeño, en su risa contagiosa, en cómo siempre me pedía un beso antes de dormir.

A las nueve de la noche, el teléfono sonó. Era Marta, la agente: “María, hemos encontrado algo”. Corrí al portal con Antonio y Pedro detrás. En la comisaría nos enseñaron una mochila azul con el nombre de Víctor bordado en rojo. La habían encontrado cerca del parque de San Isidro.

—¿Y mi hijo? —pregunté con voz rota.

—Estamos revisando las cámaras del parque —respondió Luis—. No pierda la esperanza.

Las horas siguientes fueron un infierno. Me sentía culpable por cada decisión tomada: por no haber ido yo misma al supermercado, por confiar en Pedro, por perder los nervios con Antonio. Recordé todas las veces que regañé a Víctor por travieso y todas las veces que le prometí protegerlo siempre.

A medianoche, Marta llamó de nuevo: “María, vengan al parque”. Salimos corriendo bajo la lluvia fina de abril. Allí estaba Víctor, sentado en un banco junto a una mujer mayor que lo abrazaba. Lloré como nunca antes al abrazar a mi hijo.

La mujer explicó que había visto a Víctor solo y asustado cerca del parque y decidió quedarse con él hasta encontrar a sus padres o la policía. Víctor me miró con sus grandes ojos marrones y dijo:

—Mamá, tenía miedo… pero sabía que vendrías a buscarme.

Esa noche dormimos los cuatro juntos en la cama grande. Pedro no soltó la mano de su hermano ni un segundo. Antonio me acarició el pelo en silencio.

Al día siguiente, el barrio entero vino a vernos. Todos querían abrazar a Víctor y a Pedro. Yo no podía dejar de pensar en lo frágil que es todo: una decisión cotidiana puede cambiar tu vida para siempre.

Ahora miro a mis hijos jugar en el salón y me pregunto: ¿Cuántas veces damos por hecho que todo irá bien? ¿Cuánto pesa la culpa cuando algo se tuerce? ¿Alguna vez podré perdonarme del todo?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez ese miedo paralizante por vuestros hijos? ¿Qué haríais si os pasara algo así?