Sombras del pasado: viaje hacia el calor familiar

—¿Por qué tienes esa cara, Mauricio? —me preguntó Lucía, mi esposa, mientras metía las últimas camisas en la maleta.

No respondí. Solo apreté los dientes y miré por la ventana del apartamento en Bogotá, viendo cómo la lluvia golpeaba los techos de zinc. Mi hijo Samuel, de seis años, corría por el pasillo con su tren de juguete, gritando que quería ver el río Magdalena y subirse al ferry. Yo solo pensaba en el viaje al pueblo de Lucía, San Rafael del Río, y en todo lo que ese lugar removía en mí.

—Papá, ¿ya nos vamos? ¡Quiero ver a los abuelos! —Samuel me abrazó las piernas, su carita iluminada por la emoción.

—Sí, hijo. Ya casi —le respondí, forzando una sonrisa.

El viaje en bus fue eterno. El aire acondicionado no servía y el calor era sofocante. Lucía intentaba animarme, pero yo apenas podía respirar. Cada kilómetro que nos acercaba a San Rafael sentía que el pecho se me apretaba más. No era solo el miedo a enfrentar a mis suegros, era algo más profundo: el recuerdo de mi propio padre, de su voz dura y sus manos callosas, de las noches en que el silencio era más pesado que cualquier grito.

Cuando por fin llegamos al pequeño terminal del pueblo, el aire olía a tierra mojada y caña de azúcar. Los padres de Lucía nos esperaban con abrazos y sonrisas. Don Ernesto me palmeó la espalda con fuerza:

—¡Mauricio! ¡Bienvenido a tu casa! Aquí todos somos familia.

Yo asentí, sintiendo una punzada en el estómago. ¿Familia? ¿Qué sabía yo de eso?

La casa era grande y antigua, con paredes de adobe y un patio lleno de gallinas. Samuel corrió a jugar con sus primos, mientras Lucía ayudaba a su mamá en la cocina. Yo me quedé sentado en la hamaca del corredor, mirando cómo el sol caía sobre el río.

—¿Te pasa algo? —preguntó doña Marta, la mamá de Lucía, sentándose a mi lado.

—No, señora. Solo estoy cansado —mentí.

Pero ella me miró con esos ojos sabios que todo lo ven.

—A veces uno carga cosas del pasado que pesan más que una maleta llena de piedras —dijo suavemente.

No supe qué responder. Me levanté y caminé hacia el río. El sonido del agua me trajo recuerdos: mi infancia en Barrancabermeja, los gritos de mi padre borracho, mi madre llorando en la cocina. Yo juré que nunca sería como él. Pero ahora, cada vez que Samuel me miraba con miedo cuando levantaba la voz, sentía que la historia se repetía.

Esa noche, durante la cena, todos reían y hablaban al mismo tiempo. Yo apenas probé bocado. Don Ernesto me observaba en silencio. De pronto, Samuel tiró un vaso de jugo y el líquido se esparció por la mesa.

—¡Samuel! ¡Mira lo que hiciste! —grité sin querer.

El silencio cayó como un balde de agua fría. Samuel bajó la cabeza y empezó a llorar. Lucía me miró con decepción. Don Ernesto se levantó despacio y puso una mano sobre mi hombro.

—Tranquilo, Mauricio. Aquí nadie se muere por un poco de jugo derramado —dijo con voz firme pero amable.

Me sentí avergonzado. Me levanté y salí al patio. El aire era denso y sentí ganas de llorar. ¿Por qué no podía controlar mi rabia? ¿Por qué ese pueblo me hacía sentir tan pequeño?

Esa noche no pude dormir. Escuché a Lucía llorar bajito en la habitación contigua mientras consolaba a Samuel. Me odié por hacerles daño.

A la mañana siguiente, don Ernesto me invitó a caminar por el río.

—Mauricio —dijo después de un largo silencio—, yo también tuve un padre difícil. Aquí en el campo las cosas eran duras. Pero uno puede elegir qué tipo de hombre quiere ser.

Me detuve y lo miré a los ojos por primera vez.

—No sé si puedo cambiar —admití con voz quebrada.

Don Ernesto sonrió tristemente.

—Nadie nace sabiendo ser padre ni esposo. Pero si uno reconoce sus errores y pide perdón, ya está dando el primer paso.

Volvimos a casa en silencio. Encontré a Samuel jugando solo en el patio. Me arrodillé junto a él.

—Hijo… perdóname por gritarte anoche —le dije, con lágrimas en los ojos.

Samuel me abrazó fuerte.

—No importa, papá. ¿Jugamos juntos?

Ese abrazo fue como un bálsamo para mi alma herida. Por primera vez sentí que podía romper el ciclo.

Durante los días siguientes intenté acercarme más a Lucía y Samuel. Ayudé en la cocina, salí a pescar con don Ernesto y escuché las historias de doña Marta sobre su infancia desplazada por la violencia. Descubrí que cada uno llevaba sus propias cicatrices, pero juntos habían construido un hogar lleno de amor y paciencia.

La última noche antes de regresar a Bogotá, nos sentamos todos alrededor del fogón en el patio. Lucía cantó una canción vallenata que hablaba de perdón y esperanza. Miré a mi familia política y sentí una gratitud inmensa.

Antes de dormir, Lucía se acercó y me tomó la mano.

—Gracias por intentarlo —susurró—. Eso es lo único que te pido: que no te rindas con nosotros.

Esa noche dormí profundamente por primera vez en años.

Ahora, mientras escribo estas palabras desde nuestro apartamento en Bogotá, pienso en todo lo que viví en San Rafael del Río. El pasado nunca desaparece del todo, pero uno puede aprender a vivir con sus sombras sin dejar que oscurezcan el presente.

¿Será posible romper realmente los ciclos del pasado? ¿O estamos condenados a repetirlos hasta aprender a perdonar… incluso a nosotros mismos?