Cuando acepté registrar el coche de mi hermano a mi nombre: una historia de confianza, familia y deudas
—¿De verdad, Lucía? ¿Me lo harías? —La voz de Sergio temblaba, una mezcla de esperanza y vergüenza. Era mi hermano pequeño, y aunque ya tenía treinta y dos años, seguía mirándome como cuando éramos niños y yo le defendía en el patio del colegio.
Era una tarde de noviembre en Madrid, y la lluvia golpeaba los cristales del salón mientras mi madre preparaba café en la cocina. Sergio me explicó que no podía registrar el coche a su nombre porque tenía una multa pendiente y la DGT no le permitía hacer ningún trámite. “Solo será por un par de meses, Lucía, te lo juro. En cuanto pague la multa, lo cambiamos.”
No lo dudé. Firmé los papeles en la gestoría, sin leer la letra pequeña, confiando en que Sergio cumpliría su palabra. ¿Cómo iba a desconfiar de mi propio hermano? Mi madre, desde la puerta, me miró con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo las madres saben expresar. “Hija, ten cuidado. Los papeles son papeles, pero la familia es la familia.”
Al principio, todo fue bien. Sergio usaba el coche para ir a trabajar, para llevar a su hija al colegio, para hacer la compra. Yo recibía alguna que otra carta de la DGT, pero eran notificaciones rutinarias. Hasta que, un día, llegó una multa de aparcamiento. Luego otra, y otra más. Todas a mi nombre. Llamé a Sergio, molesta, pero él siempre tenía una excusa: “Se me olvidó pagarla, pero lo hago mañana”, “No me di cuenta de la señal”, “Es que en el centro no hay dónde aparcar”.
Los meses pasaron y las multas se acumularon. Un día, recibí una carta certificada: el Ayuntamiento de Madrid me reclamaba más de 1.200 euros en sanciones impagadas. Mi cuenta bancaria quedó embargada. Llamé a Sergio, furiosa y al borde de las lágrimas.
—¡Sergio, esto no puede seguir así! ¡Me están embargando la cuenta! —grité por teléfono, mientras mi hija pequeña, Paula, me miraba asustada desde el pasillo.
—Lucía, por favor, dame una semana. Te lo juro, lo soluciono. No quería que esto pasara, de verdad. —Su voz sonaba sincera, pero ya no podía creerle.
Empezaron las discusiones en casa. Mi marido, Andrés, me reprochaba haberme metido en ese lío. “Siempre te dejas llevar por la familia, Lucía. ¿Y ahora qué? ¿Quién paga esto?” Yo no tenía respuesta. Mi madre intentaba mediar, pero cada conversación terminaba en reproches y silencios incómodos en la mesa del domingo.
Una noche, después de otra discusión con Andrés, me senté en la cama y lloré en silencio. Recordé cuando Sergio y yo éramos niños y compartíamos todo: los cromos, los secretos, los miedos. ¿En qué momento se había roto esa confianza? ¿Cuándo había dejado de ser mi hermano para convertirse en una carga?
Intenté hablar con él cara a cara. Quedamos en una cafetería del barrio. Sergio llegó tarde, con ojeras y el gesto cansado. “No tengo el dinero, Lucía. Me han despedido. No sé qué hacer.”
—¿Y yo qué hago, Sergio? ¿Cómo le explico a Paula que no podemos irnos de vacaciones porque tengo la cuenta embargada? ¿Cómo le digo a Andrés que otra vez he confiado en ti y me has fallado?
Sergio bajó la mirada. “Lo siento, de verdad. No quería hacerte daño.”
Durante semanas, la tensión en la familia fue insoportable. Mi madre lloraba en silencio, mi padre no hablaba con nadie, y yo me sentía sola, traicionada y culpable. Empecé a evitar a Sergio. No contestaba a sus mensajes, no iba a las comidas familiares. Me dolía, pero necesitaba protegerme.
Un día, recibí una llamada de la gestoría. “Lucía, hay un problema con el seguro del coche. Está a tu nombre, pero no lo has pagado. Si hay un accidente, la responsable eres tú.” El miedo me paralizó. ¿Y si Sergio tenía un accidente? ¿Y si alguien salía herido? ¿Y si, por ayudarle, acababa en un juzgado?
Decidí actuar. Fui a la DGT y pedí información. Me dijeron que, mientras el coche estuviera a mi nombre, yo era la responsable legal de todo lo que ocurriera. Intenté cambiar la titularidad, pero no podía: había deudas pendientes. Era un círculo vicioso del que no podía salir.
Llamé a Sergio una última vez. “O pagas las multas y el seguro, o vendo el coche. No puedo más.”
Esa noche, Sergio apareció en casa. Traía un sobre con algo de dinero, no suficiente para cubrir todo, pero al menos era un gesto. “Haz lo que tengas que hacer, Lucía. No quiero que sufras más por mi culpa.”
Vendí el coche por mucho menos de lo que valía. Pagué parte de las deudas y, poco a poco, fui recuperando la tranquilidad. Pero la relación con Sergio nunca volvió a ser la misma. Nos vemos en las reuniones familiares, pero ya no compartimos confidencias. Hay una distancia invisible, hecha de reproches, silencios y heridas que no terminan de cerrar.
A veces, por las noches, me pregunto si fui demasiado ingenua, si debí poner límites antes, si ayudar a la familia merece siempre la pena. ¿Dónde está la línea entre la generosidad y la estupidez? ¿Cuántas veces se puede perdonar antes de perderse a uno mismo?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Hasta dónde llegaríais por un hermano?