El beso que cambió mi destino: una historia en Madrid

—¡Por favor, que alguien haga algo! —grité, con la voz temblorosa, mientras veía a Martín desplomarse sobre la mesa de reuniones. Nadie se movía. Los ejecutivos, todos trajeados y con corbatas de seda, parecían estatuas de cera. El silencio era tan denso que podía oír el latido de mi propio corazón. El cubo de la fregona se me resbaló de las manos y el agua enjabonada se extendió por el suelo de mármol, pero a nadie le importó. Solo yo, Catalina, la chica de la limpieza, parecía estar viva en esa sala.

Me lancé hacia Martín sin pensarlo. Le vi los labios morados, los ojos en blanco. Recordé lo que mi abuela me había enseñado en el pueblo, en las fiestas de San Juan, cuando alguien se atragantaba con un trozo de chorizo: “Catalina, si ves que uno se ahoga, no dudes, hija, que la vida es lo primero”. Me arrodillé junto a él, ignorando las miradas de horror y desprecio de los demás. Le abrí la boca y, con manos temblorosas, intenté sacar el trozo de jamón que le obstruía la garganta. No funcionó. Sin pensarlo, le di un beso de vida, como había visto en la tele. Sentí el calor de su piel, el miedo en mis venas, el sudor frío en la frente.

De repente, Martín tosió con fuerza y escupió el trozo de jamón sobre la mesa. El color volvió a sus mejillas. Los demás seguían paralizados, como si no pudieran creer lo que acababa de pasar. Yo me quedé sentada en el suelo, con las rodillas mojadas y el corazón a mil por hora. Martín me miró, confundido, y luego, con una voz ronca, susurró:

—¿Qué ha pasado?

—Te estabas ahogando —le respondí, aún jadeando—. Nadie hacía nada…

Uno de los ejecutivos, el más joven, se acercó y me miró de arriba abajo, como si fuera invisible. —¿Y tú quién eres para tocar al jefe así? —espetó, con desprecio.

Sentí la rabia subir por mi pecho. —Soy la que le ha salvado la vida, ¿te parece poco?

Martín, aún débil, se incorporó y me miró con una mezcla de gratitud y sorpresa. —Catalina, ¿verdad? Gracias… de verdad. No sé cómo…

No le dejé terminar. Me levanté, recogí el cubo y la fregona, y salí de la sala con la cabeza alta. Sabía que, en ese momento, todos los ojos estaban puestos en mí, pero no me importaba. Había hecho lo correcto, aunque fuera solo la chica de la limpieza.

Esa noche, al llegar a casa, mi madre me esperaba con la cena lista. El aroma a tortilla de patatas llenaba la cocina. —¿Qué te pasa, hija? Tienes una cara…

—Nada, mamá. Solo ha sido un día raro en el trabajo —le respondí, intentando restarle importancia. Pero por dentro, no podía dejar de pensar en lo que había pasado. ¿Y si no hubiera actuado? ¿Y si Martín hubiera muerto?

Los días siguientes fueron un torbellino. Martín empezó a buscarme por la oficina. Me saludaba cada mañana, me preguntaba por mi familia, por mi pueblo en Extremadura, por mis sueños. Los demás empleados me miraban con una mezcla de respeto y envidia. Algunos cuchicheaban a mis espaldas, otros me sonreían tímidamente. Yo seguía haciendo mi trabajo, fregando suelos y limpiando cristales, pero algo había cambiado.

Un viernes, cuando ya estaba a punto de irme, Martín me llamó a su despacho. —Catalina, siéntate, por favor.

Me senté, nerviosa, con las manos en el regazo. Él me miró fijamente, con esos ojos grises que ahora me parecían menos fríos. —He estado pensando mucho en lo que pasó. Nadie hizo nada, solo tú. Eso dice mucho de ti. Quiero ofrecerte algo…

Me temblaron las piernas. —¿El qué?

—Un puesto en administración. Sé que tienes estudios, que viniste a Madrid buscando una oportunidad. Te la mereces. Y… —hizo una pausa, bajando la voz—, también me gustaría invitarte a cenar. Para agradecerte lo que hiciste.

Sentí que el mundo se detenía. Recordé las noches en el pueblo, soñando con una vida mejor, con un trabajo digno, con alguien que me mirara de verdad. No pude evitar que se me escapara una lágrima. —Gracias, Martín. No sé qué decir…

—Di que sí —sonrió él, y por primera vez, vi al hombre detrás del jefe.

Esa noche, mientras paseaba por la Gran Vía iluminada, pensé en todo lo que había pasado. ¿Quién iba a decir que un beso de vida cambiaría mi destino? ¿Y si todos tuviéramos el valor de actuar cuando los demás solo miran? ¿Cuántas vidas cambiaríamos, incluso la nuestra?