El reencuentro que nunca esperé: cuando la amistad se convierte en un monólogo

—¿Marta? ¡No me lo puedo creer! —La voz de Lucía me sacudió como un cubo de agua fría mientras yo intentaba decidir entre tomates rama o pera en la frutería del supermercado. Su sonrisa era amplia, pero sus ojos parecían cansados, como si llevara semanas sin dormir bien.

Me quedé paralizada, con la bolsa de tela a medio llenar y el corazón acelerado. Hacía seis meses que no sabía nada de ella. Seis meses desde aquel último mensaje: “Estoy liadísima, lo dejamos para otro día, ¿vale?” Y ese otro día nunca llegó. Ni una llamada, ni un café, ni siquiera un simple “¿cómo estás?”.

—¡Qué alegría verte! —dijo, acercándose para darme dos besos apresurados—. Uf, llevo una semana de locos. El trabajo me tiene frita, los niños no paran y encima mi madre se ha empeñado en que la lleve al médico cada dos por tres. ¿Tú qué tal?

Intenté responder, pero Lucía ya había cogido carrerilla:

—Bueno, ya sabes cómo es esto. El jefe nuevo es un desastre, no sabe organizar nada y al final todo recae sobre mí. Y claro, con Pablo estudiando selectividad y Laura con las extraescolares… ¡No me da la vida! Ayer mismo llegué a casa a las diez y aún tuve que poner una lavadora. ¿Te lo puedes creer?

Asentí, sintiendo cómo mi voz se ahogaba en la garganta. Quise contarle que yo también estaba pasando por un momento difícil: mi padre había ingresado en el hospital hacía dos semanas y mi hermana y yo nos turnábamos para cuidarle. Pero Lucía no paraba.

—Y encima, Sergio y yo estamos fatal. Apenas hablamos. El otro día discutimos por una tontería y acabé llorando en el coche. ¿Te acuerdas cuando nos reíamos de esas parejas que se gritaban en la calle? Pues ahora somos nosotros. —Se rió, pero sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

Miré alrededor buscando una salida, una excusa para escapar de esa avalancha de palabras que no me dejaba respirar. Recordé los cafés en la terraza del bar de la plaza, cuando nos contábamos todo y nos escuchábamos de verdad. ¿Cuándo cambió todo?

—¿Y tú? —preguntó de repente, aunque su mirada ya estaba puesta en el móvil—. Perdona, es que tengo que contestar esto…

Me limité a decir “bien”, porque sabía que no tenía tiempo ni ganas de escucharme. Sentí una punzada de rabia y tristeza a la vez. ¿De verdad éramos amigas o solo era yo quien lo pensaba?

—Bueno, Marta, me tengo que ir corriendo. ¡A ver si quedamos pronto! —dijo mientras se alejaba sin esperar respuesta.

Me quedé allí, entre los tomates y las manzanas, sintiéndome invisible. Recordé cuando Lucía y yo éramos inseparables: los veranos en la playa de San Juan, las noches de risas en casa de Ana, los secretos compartidos bajo la lluvia madrileña. Ahora solo quedaba un eco lejano de lo que fuimos.

Volví a casa con la compra y el corazón pesado. Mi madre me miró desde el sofá:

—¿Te pasa algo?

Negué con la cabeza y fui a la cocina a guardar las cosas. Mientras colocaba los yogures en la nevera, pensé en todas las veces que había esperado un mensaje suyo, una señal de que seguía ahí para mí. Pero siempre era yo quien preguntaba, quien proponía quedar, quien escuchaba sus problemas.

Esa noche, mientras cenábamos mi hermana y yo junto a papá en el hospital, le conté lo ocurrido.

—A veces la gente cambia —dijo mi hermana—. O quizá nunca fue como pensabas.

Me dolió admitirlo, pero tenía razón. ¿Cuántas veces había dejado pasar sus desplantes por miedo a perderla? ¿Cuántas veces había callado mis propias penas para no molestarla?

Los días pasaron y Lucía no volvió a llamar. Yo tampoco lo hice. Empecé a quedar más con Ana y Carmen, amigas de verdad que sí preguntaban cómo estaba y se quedaban hasta tarde escuchando mis historias.

Un domingo por la tarde recibí un mensaje suyo: “¿Quedamos esta semana? Tengo mil cosas que contarte”. Lo leí varias veces antes de responder. Al final solo puse: “Lo siento, estoy ocupada”.

Me sentí liberada y triste a la vez. Había perdido una amiga, o quizá solo una costumbre. Pero también había ganado algo: el valor de ponerme en primer lugar.

Ahora me pregunto: ¿cuántas veces aceptamos relaciones que solo nos desgastan? ¿Cuándo dejamos de ser amigas para convertirnos en oyentes mudos? ¿Y tú? ¿Alguna vez te has sentido invisible ante alguien que decía ser tu amigo?