El secreto de la seño Marta: Cuando la confianza se rompe en la guardería

—¿Has visto el grupo de WhatsApp? —me preguntó Ana, otra madre, con los ojos abiertos como platos mientras dejábamos a los niños en la puerta de la guardería.

Yo apenas había tenido tiempo de mirar el móvil esa mañana, pero su tono me puso en alerta. —No, ¿qué pasa?

—Dicen que la seño Marta… bueno, que tiene otro trabajo. Pero no es cualquier trabajo —susurró, bajando la voz—. Que hace vídeos… de esos… para adultos.

Me quedé helada. La seño Marta era la profesora favorita de mi hija Lucía. Siempre tan dulce, tan atenta, con una paciencia infinita para calmar rabietas y consolar rodillas raspadas. ¿Cómo podía ser cierto?

El rumor corrió como la pólvora. En el grupo de WhatsApp de padres, los mensajes no paraban:

«¿Alguien sabe si es verdad lo de Marta?»
«¡No puede ser! Yo no me lo creo.»
«¿Y si nuestros hijos han estado en peligro?»

Mi marido, Sergio, intentó tranquilizarme por la noche. —Cariño, no podemos juzgar sin pruebas. Además, ¿qué tiene que ver su vida privada con cómo cuida a los niños?

Pero yo no podía dejar de pensar en Lucía. ¿Había algo que se me escapaba? ¿Había señales que no había visto?

Al día siguiente, al recoger a Lucía, noté el ambiente tenso. Las profesoras evitaban mirarnos a los ojos. Marta no estaba. Pregunté por ella y la directora, doña Pilar, me apartó discretamente.

—Marta está de baja unos días —dijo, con una sonrisa forzada.

Pero esa misma tarde, recibimos un correo del centro convocando a una reunión urgente para todos los padres.

La sala estaba llena de murmullos y miradas nerviosas. Doña Pilar tomó la palabra:

—Queridas familias, sabemos que han circulado rumores sobre una de nuestras trabajadoras. Queremos asegurarles que la seguridad y el bienestar de sus hijos son nuestra prioridad.

Un padre levantó la mano: —¿Es cierto que Marta hace… vídeos inapropiados?

Doña Pilar titubeó. —No podemos entrar en detalles por respeto a su privacidad, pero hemos decidido prescindir de sus servicios.

El silencio fue absoluto. Sentí una mezcla de alivio y tristeza. Alivio porque parecía que todo se resolvía; tristeza porque Lucía adoraba a Marta.

Esa noche, Lucía preguntó por su profesora:

—¿Mamá, por qué Marta ya no está? ¿He hecho algo mal?

Se me rompió el corazón. —No, cariño. A veces los adultos tienen problemas y necesitan irse a otro sitio. Pero tú no has hecho nada malo.

Durante días, el tema fue el único del que se hablaba en el parque y en la panadería. Algunos padres estaban indignados:

—¡Cómo puede ser que alguien así trabaje con niños! —decía Carmen, madre de dos gemelos.

Otros defendían a Marta:

—¿Y qué más da lo que haga fuera del trabajo? Era una buena profesora —replicaba Luis.

Yo me sentía dividida. Por un lado, entendía el miedo y la preocupación; por otro, veía la hipocresía y el juicio fácil. ¿Acaso no tenemos todos secretos? ¿No luchamos cada uno como podemos para llegar a fin de mes?

Un día, vi a Marta en el supermercado. Iba cabizbaja, con gafas de sol enormes y una bolsa reutilizable apretada contra el pecho. Dudé un momento antes de acercarme.

—Marta…

Ella levantó la vista, sorprendida.

—Hola, Laura —dijo con voz temblorosa.

—Solo quería decirte… que Lucía te echa mucho de menos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo también la echo de menos. A todos los niños. Pero ya ves…

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté sin poder evitarlo.

Suspiró.—Porque no llegaba a fin de mes con el sueldo de la guardería. Mi madre está enferma y tengo que pagarle las medicinas. Pensé que nadie lo sabría…

Me quedé sin palabras. De repente todo el escándalo me pareció tan pequeño comparado con su desesperación.

Al volver a casa, miré a Lucía dormir abrazada a su peluche favorito y sentí una punzada de culpa. ¿Quiénes éramos nosotros para juzgar?

Desde entonces, la guardería nunca volvió a ser igual. Los padres seguían divididos; algunos retiraron a sus hijos, otros fingieron que nada había pasado. Pero yo no podía dejar de pensar en Marta y en todas las personas como ella: atrapadas entre la necesidad y el juicio ajeno.

A veces me pregunto: ¿realmente protegemos a nuestros hijos cuando apartamos a personas buenas por miedo al qué dirán? ¿O solo les enseñamos a desconfiar y a juzgar sin conocer toda la historia?