El vuelo inesperado de Rubén: Cuando los sueños rompen el techo de cristal

—¿Pero tú qué haces, Rubén? ¡Deja eso, que no es para ti! —me gritó Paco, el jefe de mantenimiento, mientras yo repasaba por enésima vez el parabrisas del helicóptero más caro del hangar.

No contesté. Por dentro, hervía. ¿Por qué siempre tenía que escuchar lo mismo? «Eso no es para ti», «tú a lo tuyo», «los sueños son para los que pueden pagarlos». Pero yo, cada vez que pasaba el trapo por el panel de mandos, sentía el eco de la voz de mi padre: «Rubén, los cielos no entienden de apellidos ni de cuentas bancarias». Él fue piloto militar, y aunque la guerra se lo llevó cuando yo era un crío, me dejó el amor por volar y una caja de recuerdos que guardo como oro en paño.

En casa, en Vallecas, mi madre siempre me decía: «Hijo, tú tienes que ser más fuerte que la vida. Aquí nadie te va a regalar nada». Y así crecí, entre turnos dobles, bocadillos de chorizo y sueños de volar. Pero en el hangar de Barajas, yo era solo el chico de la fregona. Los pilotos, con sus gafas de sol y sus relojes caros, ni me miraban. Alguna vez, cuando creían que no escuchaba, soltaban: «¿Te imaginas a Rubén pilotando uno de estos? ¡Se nos caen los aviones del susto!». Reían, y yo apretaba los dientes.

Aquel día de julio, el calor apretaba y el aire olía a queroseno y sudor. De repente, entró corriendo Marta, la hija del dueño, con la cara desencajada. —¡Mi padre! ¡Se ha desmayado! ¡Está en la finca, a veinte minutos en coche! ¡Necesitamos un helicóptero ya!— gritó, casi sin aire. Los pilotos estaban en una reunión en el edificio de oficinas, y Paco, el único con licencia, había salido a por café. Nadie más sabía pilotar.

Miré el helicóptero, miré a Marta. Sentí el pulso en las sienes. Nadie se movía. —¡¿Nadie va a hacer nada?!— solté, sin reconocer mi propia voz. Marta me miró, desesperada. —¿Tú sabes pilotar?— preguntó, casi llorando. Dudé un segundo. —Aprendí con mi padre. No tengo licencia, pero puedo hacerlo—. El silencio fue brutal. Paco entró justo entonces, con el café derramándosele por la mano. —¡Ni se te ocurra, Rubén! ¡Eso es ilegal!— bramó. Pero Marta ya me empujaba hacia la cabina. —¡Hazlo!—

Me senté en el asiento del piloto. Las manos me temblaban, pero en cuanto toqué los mandos, todo lo aprendido de niño volvió como un relámpago. Arranqué el motor, revisé los controles. Marta subió detrás, sollozando. —Por favor, Rubén, sálvale—. El rugido de las hélices ahogó los gritos de Paco y los demás. Despegamos. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho.

El vuelo fue un suspiro y una eternidad. Recordé cada consejo de mi padre: «No luches contra el viento, síguelo». Vi la finca, aterricé en el campo de olivos. Los médicos ya estaban allí, pero sin helicóptero no habrían llegado a tiempo. Marta corrió hacia su padre. Yo me quedé sentado, sudando, con las manos aún en los mandos. Cuando volví al hangar, todos me miraban como si fuera otro. Paco no decía nada. Los pilotos, por primera vez, me miraron a los ojos. Marta me abrazó. —Gracias, Rubén. Nos has salvado la vida—.

Esa noche, en casa, mi madre me abrazó llorando. —¿Ves, hijo? Los sueños no entienden de clases. Hoy has volado más alto que nadie—. Yo miré por la ventana, buscando las luces de los aviones en el cielo de Madrid. ¿Cuántos Rubén habrá en España, soñando con volar y escuchando que no pueden? ¿Cuándo dejaremos de ponerle techo a los sueños de los demás? ¿Y si todos tuviéramos una oportunidad, aunque solo fuera una vez?