Expulsada por mi propio hogar: Diez años después, cuando la herida vuelve a sangrar

—¡No puedes quedarte aquí, Lucía! ¡Nos has decepcionado! —gritó mi madre, con los ojos llenos de lágrimas y rabia, mientras mi padre miraba al suelo, incapaz de sostener mi mirada. El eco de esa frase aún retumba en mi cabeza, diez años después. Aquella noche, con una mochila y el corazón roto, salí de nuestro piso en Vallecas sin saber si algún día volvería a pisar ese portal.

Tenía diecinueve años y un miedo atroz. El test de embarazo seguía en mi bolsillo, como si fuera una prueba de mi pecado. Mi novio, Sergio, desapareció en cuanto se enteró. «No estoy preparado para esto», me dijo por WhatsApp. Y así, sola, recorrí las calles de Madrid buscando un lugar donde dormir. Acabé en casa de mi amiga Marta, que me acogió sin hacer preguntas. «Aquí tienes una cama y un plato de sopa. Lo demás ya lo veremos», me susurró mientras me abrazaba.

Los meses siguientes fueron una sucesión de trabajos precarios: limpiando oficinas por la noche, repartiendo flyers bajo la lluvia, cuidando niños ajenos mientras el mío crecía dentro de mí. Cada vez que sentía una patadita en el vientre, me preguntaba si algún día podría perdonar a mis padres. ¿Cómo se puede expulsar a una hija por miedo al qué dirán? En el barrio todos cuchicheaban: «La hija de los Gómez, embarazada y sola».

El parto fue duro y solitario. Marta estuvo conmigo en el hospital Gregorio Marañón. Cuando pusieron a mi hija en mis brazos, la llamé Alba. Era pequeña y frágil, pero sus ojos oscuros me miraron como si ya supiera todo lo que habíamos sufrido juntas.

Los años pasaron entre pañales baratos y noches sin dormir. Alba crecía feliz, ajena a los sacrificios que hacía para que nunca le faltara nada. Yo seguía limpiando casas y estudiando por las noches para sacarme el título de auxiliar de enfermería. A veces veía a mis padres por la calle, pero ellos giraban la cara o cruzaban de acera. Mi madre envejeció de golpe; mi padre parecía más encorvado cada vez que lo veía.

Un día, cuando Alba tenía siete años y yo por fin conseguí un contrato fijo en una residencia de ancianos, recibí una llamada inesperada. Era mi hermana pequeña, Carmen.

—Lucía… mamá está enferma. Papá perdió el trabajo y van a perder el piso. No saben a quién acudir.

Sentí una mezcla de rabia y compasión. ¿Ahora sí necesitaban a la hija expulsada? ¿Ahora sí valía para algo? Alba me miró desde el sofá, con sus deberes esparcidos y una sonrisa inocente.

—¿Quién era, mamá?
—Nada importante, cariño —mentí.

Esa noche no dormí. Recordé cada lágrima derramada, cada insulto susurrado tras las puertas cerradas. Pero también recordé las manos temblorosas de mi madre cuando me peinaba para ir al colegio, los paseos con mi padre por el Retiro los domingos. ¿Era posible perdonar?

Al día siguiente fui a verles. El piso olía a humedad y desesperanza. Mi madre estaba más delgada; mi padre apenas levantó la vista.

—Lucía… —empezó ella—. No tenemos derecho a pedirte nada después de lo que hicimos. Pero… estamos desesperados.

Me quedé en silencio. Sentí que tenía el poder en mis manos por primera vez en mi vida adulta. Podía marcharme y dejarles con su orgullo herido o podía tenderles la mano que ellos me negaron.

—¿Por qué lo hicisteis? —pregunté al fin, con la voz quebrada.

Mi padre rompió a llorar.

—Teníamos miedo… miedo al qué dirán, miedo a no saber ayudarte… Nos equivocamos tanto…

Mi madre se acercó y me abrazó como cuando era niña. Lloramos juntas durante minutos eternos.

Decidí ayudarles. Les busqué un piso social y les llevé comida cada semana. Alba conoció por fin a sus abuelos; al principio fue raro, pero poco a poco se fue rompiendo el hielo.

Sin embargo, la herida nunca terminó de cerrar del todo. Hay días en los que veo a Alba jugar con su abuela y siento una punzada de dolor por todo lo perdido. Otras veces pienso que quizás yo también habría actuado igual si hubiera tenido tanto miedo.

Hoy, diez años después de aquella noche en la que me echaron de casa, sigo preguntándome si es posible perdonar del todo o si hay heridas que siempre sangran un poco bajo la piel.

¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede reconstruir una familia después de tanto dolor o hay cosas que nunca se olvidan?