Fui a visitar a mi hijo en Madrid y terminé siendo la criada invisible: ¿merece una madre tanto sacrificio?
—Mamá, ¿puedes poner la lavadora mientras yo termino este informe?— me dijo Álvaro sin mirarme, con los ojos fijos en la pantalla del portátil. Era mi primer día en Madrid, después de seis horas de tren desde Salamanca, y ya sentía el cansancio en los huesos. Había venido con la ilusión de pasar tiempo juntos, de charlar, de pasear por el Retiro como cuando era pequeño. Pero en cuanto crucé el umbral de su piso, me encontré con montañas de ropa sucia, platos apilados y un hijo que apenas levantaba la vista para saludarme.
Me tragué el fastidio y respondí con una sonrisa forzada: —Claro, hijo, no te preocupes. ¿Dónde está el detergente?
Él señaló vagamente hacia la cocina y volvió a sumergirse en su trabajo. Mientras recogía calcetines y camisetas del suelo, recordé cuando era yo quien le preparaba la mochila para el colegio, quien le buscaba los juguetes bajo la cama. Ahora parecía que solo servía para limpiar su desorden.
Los días pasaron entre tareas domésticas y silencios incómodos. Álvaro salía temprano y volvía tarde, siempre cansado, siempre con prisa. Apenas compartíamos una cena rápida, donde él respondía con monosílabos a mis preguntas sobre su vida. «Bien, mamá. Todo bien.» Yo intentaba no insistir, pero el silencio me dolía más que cualquier palabra dura.
Una tarde, mientras fregaba los platos, escuché cómo hablaba por teléfono con una tal Lucía. Su voz cambiaba, se volvía cálida, incluso reía. Sentí una punzada de celos y tristeza. ¿Por qué a ella sí le dedicaba tiempo y sonrisas? ¿En qué momento dejé de ser importante para él?
Esa noche, cuando volvió a casa, intenté hablar:
—Álvaro, ¿te apetece que mañana vayamos juntos al museo o demos un paseo por el centro?
Él suspiró, sin apartar la vista del móvil:
—Mamá, tengo mucho trabajo. Además, he quedado con Lucía para cenar. ¿Te importa si te quedas aquí?
Me mordí los labios para no llorar delante de él. Asentí en silencio y me encerré en la habitación que me había dejado. Allí, tumbada en la cama, repasé mentalmente cada momento en que había dejado todo por él: los años de sacrificio, las noches sin dormir cuando tenía fiebre, las veces que renuncié a mis propios sueños para que él pudiera cumplir los suyos.
Al día siguiente, mientras doblaba su ropa limpia, encontré una foto nuestra de cuando era niño. Los dos sonreíamos en la playa de San Juan, cubiertos de arena y felicidad. Sentí cómo se me encogía el corazón. ¿Dónde había quedado ese niño que corría a abrazarme? ¿En qué momento me convertí solo en una sombra útil?
Decidí preparar su plato favorito para cenar: tortilla de patatas con cebolla. Quería recuperar aunque fuera un instante de complicidad. Cuando llegó, apenas probó bocado.
—No tengo hambre, mamá. He comido algo antes.
No pude más:
—¿Te das cuenta de que solo me hablas para pedirme cosas? ¿De que llevo una semana aquí y apenas hemos compartido nada?
Él se quedó callado unos segundos y luego murmuró:
—No te lo tomes así, mamá. Estoy muy liado…
Me levanté de la mesa con lágrimas en los ojos.
—No vine aquí solo para limpiar tu casa. Vine porque te echo de menos.
Esa noche no dormí. Me sentí invisible, desplazada en la vida de mi propio hijo. Al día siguiente hice la maleta temprano. Cuando Álvaro se levantó, ya estaba lista para irme.
—¿Te vas ya? —preguntó sorprendido.
—Sí —respondí sin mirarle—. Creo que es lo mejor.
En el tren de vuelta a Salamanca, miré por la ventana mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas. Me pregunté si alguna vez valoraría todo lo que hice por él, si algún día entendería el amor silencioso y constante de una madre.
¿De verdad el cariño y la entrega de una madre se aprecian alguna vez? ¿O estamos condenadas a ser invisibles cuando nuestros hijos ya no nos necesitan?