La promesa rota en la piscina: un secreto bajo el sol de Sevilla

—Por favor, no hagas esto… —la voz de mi madre temblaba como una hoja al viento, aferrada al borde de la piscina con los nudillos blancos.

Mi mujer, Lucía, me miró con los ojos encendidos. —Antonio, tu madre tiene que aprender. No puede seguir viviendo con ese miedo. ¡Es solo agua!

El sol de Sevilla caía a plomo sobre el patio. El olor a jazmín y cloro se mezclaba en el aire. Yo sentía el sudor pegajoso en la frente y el corazón golpeando fuerte. Mi madre, doña Antonia, nunca había aprendido a nadar. En su pueblo de Jaén, el agua era para regar los olivos, no para zambullirse. Pero Lucía insistía en que era hora de romper con los miedos del pasado.

—¡Que no sé nadar! —gritó mi madre, con la voz rota—. ¡No me hagáis esto, por Dios!

—Mamá, tranquila —intenté calmarla—. Solo queremos ayudarte.

—¿Ayudarme? ¿Así? ¿Empujándome como si fuera una niña chica? ¡Antonio, por favor!

Lucía cruzó los brazos. —Siempre igual. Siempre la misma historia. Si no es por una cosa, es por otra. Nunca quiere cambiar nada.

Sentí una punzada en el pecho. Mi madre me miraba suplicante, los ojos llenos de lágrimas. Recordé cuando era niño y ella me protegía de todo: del frío, de las peleas en el colegio, del hambre cuando las cosas iban mal. Ahora era yo quien debía protegerla… ¿o debía dejar que Lucía tuviera razón?

El silencio se hizo pesado. Solo se oía el zumbido de las chicharras y el chapoteo lejano de unos niños en la piscina del vecino.

—Lucía —dije al fin, con voz baja pero firme—, basta ya. No puedes obligarla. No es así como se ayuda a alguien.

Ella me miró como si le hubiera dado una bofetada. —¿Ahora resulta que soy yo la mala? ¡Solo quiero que tu madre deje de ser una carga!

Mi madre sollozó bajito. —No quiero molestaros… Si queréis que me vaya, me voy.

Sentí rabia y tristeza a la vez. En España, la familia lo es todo, pero también puede ser una jaula. Aquí nadie deja atrás a los suyos, pero tampoco sabemos poner límites sin herirnos.

—Nadie quiere que te vayas, mamá —le dije, arrodillándome a su lado—. Perdona… No tenía que haber dejado que esto llegara tan lejos.

Lucía se apartó, murmurando algo entre dientes sobre «madres metomentodo» y «maridos sin carácter». Yo la entendía: llevaba meses aguantando las manías de mi madre desde que vino a vivir con nosotros tras la muerte de mi padre. Pero también entendía a mi madre: toda su vida había sido sacrificio y miedo al qué dirán.

Me quedé allí, entre las dos mujeres más importantes de mi vida, sintiéndome pequeño e impotente bajo el sol abrasador.

—Antonio… —susurró mi madre— ¿Tú crees que algún día podré dejar de tener miedo?

La miré y sentí un nudo en la garganta. No tenía respuesta. Solo podía abrazarla y prometerle que estaría a su lado.

Esa noche, mientras cenábamos tortilla y gazpacho en silencio, pensé en lo difícil que es ser puente entre dos mundos: el antiguo y el nuevo; el del respeto y el del cambio; el del amor incondicional y el de los límites necesarios.

¿De verdad se puede querer igual a una madre y a una esposa? ¿O estamos condenados a elegir siempre entre dos amores imposibles?