La Venganza de Doña Laura: Entre el Rencor y el Perdón

—¿Señora, no ve que hay cola?—. La voz de ese muchacho, con su acento madrileño y su tono insolente, me atravesó como un cuchillo. Yo, Laura Fernández, viuda desde hace siete años, acostumbrada a que me traten con respeto en el barrio, sentí cómo la sangre me hervía. Había dejado caer una moneda al suelo y, al agacharme para recogerla, el joven cajero, Rubén, me miró con desdén, como si mi torpeza fuera una molestia imperdonable. Detrás de mí, una señora mayor murmuró algo sobre la juventud de hoy en día, pero nadie me defendió. Me levanté, temblando de rabia y vergüenza, y pagué en silencio, con la cabeza baja, mientras Rubén seguía atendiendo a los demás con una sonrisa burlona.

Esa noche, en mi pequeño piso de Lavapiés, no pude dormir. Daba vueltas en la cama, recordando la escena una y otra vez. ¿Quién se creía ese chico para humillarme delante de todos? Yo, que había criado sola a dos hijos, que había trabajado toda mi vida en una panadería, que siempre había ayudado a los vecinos… ¿Por qué nadie me había defendido? ¿Por qué me sentía tan sola? La rabia se mezclaba con una tristeza profunda, un vacío que no sabía cómo llenar. Decidí que no dejaría pasar la ofensa. No podía permitir que alguien me pisoteara así, no después de todo lo que había soportado en la vida.

Al día siguiente, fui al supermercado temprano, antes de que abrieran. Esperé a que Rubén llegara y, cuando lo vi entrar, me acerqué con paso firme. —Ayer me faltaste al respeto delante de todo el mundo— le dije, mirándole a los ojos. Él me miró sorprendido, pero enseguida recuperó su actitud chulesca. —Señora, si no sabe hacer la compra, no es mi culpa—. Sentí cómo me ardían las mejillas. Me di la vuelta y me fui, pero en mi cabeza ya se estaba gestando un plan.

Durante días, observé a Rubén. Supe que salía a fumar a la misma hora, que hablaba con una chica del barrio, que a veces llegaba tarde y que discutía con su jefe, don Manuel, un hombre serio y de pocas palabras. Empecé a hablar con los vecinos, a preguntar discretamente por él. Descubrí que vivía con su madre, que su padre los había abandonado y que trabajaba para ayudar en casa. Algunos decían que era buen chico, otros que tenía mal carácter. Yo solo veía al muchacho que me había humillado.

Mi plan era sencillo: hablaría con don Manuel y le contaría lo ocurrido, exagerando un poco los hechos. Diría que Rubén me había insultado, que me había empujado, que me sentía insegura en el supermercado. Sabía que, en el barrio, mi palabra tenía peso. Don Manuel me escuchó con atención, frunciendo el ceño. —Hablaré con él, Laura. No se preocupe—. Salí de su despacho con una extraña sensación de triunfo, pero también con un nudo en el estómago.

Esa tarde, vi a Rubén salir del supermercado, cabizbajo. Me miró de reojo, con rabia y miedo. Por un momento, sentí lástima, pero enseguida recordé la humillación y me reafirmé en mi decisión. Sin embargo, los días siguientes fueron extraños. Los vecinos empezaron a mirarme de otra manera, como si supieran lo que había hecho. Mi amiga Carmen me preguntó si era cierto que Rubén podía perder el trabajo por mi culpa. —Laura, el chico tiene problemas en casa, su madre está enferma…—. No quise escucharla. El orgullo me impedía dar marcha atrás.

Una tarde, mi hija Lucía vino a verme. —Mamá, ¿qué has hecho?—. Me lo preguntó con esa mezcla de preocupación y reproche que solo una hija puede tener. Le conté mi versión, esperando su apoyo, pero ella me miró con tristeza. —No puedes vivir con ese rencor, mamá. No eres así—. Me quedé sola, sintiéndome más vacía que nunca.

Pasaron los días y Rubén dejó de trabajar en el supermercado. Me enteré por Carmen que don Manuel no había tenido más remedio que despedirlo. La noticia corrió por el barrio y, de repente, yo era la mala de la historia. Nadie me lo decía a la cara, pero lo sentía en las miradas, en los silencios incómodos, en la distancia de los vecinos. Empecé a evitar salir de casa. Me sentía sola, incomprendida, atrapada en mi propio orgullo.

Una noche, mientras cenaba sola frente al televisor, me asaltó una tristeza insoportable. Pensé en mi difunto marido, en mis hijos, en los años de sacrificio y soledad. ¿De qué me servía la venganza? ¿Había conseguido algo más que aumentar mi propio dolor? Recordé las palabras de Lucía y, por primera vez, sentí vergüenza de mí misma.

Al día siguiente, reuní el valor para buscar a Rubén. Lo encontré en la plaza, sentado en un banco, fumando. Me acerqué despacio, con el corazón encogido. —Rubén, quiero hablar contigo—. Él me miró con desconfianza, pero no se movió. Me senté a su lado y, tras un silencio incómodo, le pedí perdón. Le conté cómo me había sentido, cómo el orgullo y la soledad me habían llevado a actuar de esa manera. Él me escuchó en silencio, con los ojos húmedos. —No sabe lo difícil que es todo esto para mí—, murmuró. —Pero yo tampoco tenía derecho a tratarla mal. Lo siento—.

Nos quedamos allí, en silencio, compartiendo una tristeza común. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el peso en mi pecho se aligeraba. No solucioné todos mis problemas, ni los de Rubén, pero entendí que la vida es demasiado corta para vivir con rencor.

Ahora, cuando paso por el supermercado, los vecinos me saludan de nuevo, aunque sé que algunos no han olvidado lo ocurrido. Yo tampoco lo olvido, pero he aprendido algo importante: el perdón no es para los demás, es para uno mismo. ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo nos robe la paz? ¿Vale la pena sacrificar la tranquilidad por una venganza que solo nos deja más solos?