No podía dejarla en la calle, pero mi marido cerró la puerta: una noche que partió mi corazón en dos
—¡No puedes dejarla entrar, Carmen! ¡No después de todo lo que ha pasado!—. La voz de Luis retumbó en el pasillo, tan fría y cortante como el viento que se colaba por la rendija de la puerta. Yo tenía el móvil pegado a la oreja, y al otro lado solo escuchaba los sollozos de Sara, mi mejor amiga desde el instituto.
—Por favor, Carmen… no tengo a dónde ir. Solo esta noche, te lo suplico—. Su voz era apenas un susurro, ahogada por el llanto y la vergüenza.
Miré a Luis, con los ojos llenos de súplica. Él negó con la cabeza, cruzado de brazos, firme como una estatua. —No quiero líos en casa. Bastante tenemos ya con lo nuestro—, murmuró, refiriéndose a la tensión que arrastrábamos desde hacía meses por su trabajo y mi reciente despido.
Me quedé paralizada, entre la puerta y el pasillo, entre dos mundos: el de la familia y el de la amistad. Recordé cuando Sara me acompañó al hospital aquella vez que perdí al bebé; cómo me sostuvo la mano mientras Luis no podía salir del trabajo. ¿Cómo podía darle la espalda ahora?
Pero Luis tenía razón en algo: Sara venía arrastrando problemas desde hacía tiempo. Su marido, Javier, la había echado de casa tras una pelea brutal. Había rumores en el barrio, miradas de reojo en el supermercado. Nadie quería meterse en líos ajenos.
—Carmen, no podemos cargar con los problemas de los demás. Piensa en los niños—, insistió Luis, bajando la voz pero sin ceder un ápice.
Me temblaban las manos. Miré el reloj: las dos y media de la madrugada. Sara seguía esperando al otro lado del teléfono, en algún portal oscuro de Lavapiés, sola y asustada.
—Dame cinco minutos—, le susurré a Sara antes de colgar.
Me acerqué a Luis y le rogué: —Solo esta noche. Mañana buscaremos una solución. No puedo dejarla así… ¿Y si fuera tu hermana? ¿Y si fuera yo?
Luis apretó los labios y desvió la mirada. —No es lo mismo—, murmuró.
Sentí una rabia sorda crecer en mi pecho. ¿Por qué no era lo mismo? ¿Por qué las mujeres siempre tenemos que elegir entre lo correcto y lo conveniente? ¿Entre el deber y el corazón?
Volví a llamar a Sara. —Ven al portal. Te espero abajo—, le dije con voz temblorosa.
Bajé las escaleras en silencio, descalza para no despertar a los niños. Cuando abrí la puerta del portal, allí estaba ella: encogida sobre sí misma, con una bolsa de deporte y los ojos hinchados de tanto llorar.
Nos abrazamos fuerte, como si ese gesto pudiera protegernos del frío y del miedo. Subimos juntas las escaleras, pisando despacio para no hacer ruido.
Luis nos esperaba en el salón, de pie junto al sofá. —Puede quedarse esta noche—, dijo seco—. Pero mañana hablamos.
Sara se dejó caer en el sofá y rompió a llorar otra vez. Yo me senté a su lado y le acaricié el pelo como cuando éramos adolescentes y soñábamos con cambiar el mundo.
La noche fue larga e interminable. Apenas dormí. Escuchaba cada movimiento de Luis en la habitación, cada suspiro de Sara en el salón. Al amanecer preparé café para todos; el silencio era tan denso que costaba respirar.
Luis se fue al trabajo sin despedirse. Los niños preguntaron quién era “la señora triste” del sofá. Inventé una excusa torpe sobre una amiga que necesitaba ayuda.
Sara pasó el día llamando a su madre y a su hermana, pero nadie quería acogerla. “No queremos problemas con Javier”, decían todos. Me sentí impotente y furiosa ante tanta cobardía.
Por la tarde, Luis volvió antes de lo habitual. Me llamó a la cocina y cerró la puerta tras de sí.
—Carmen, esto no puede seguir así. No quiero que los niños se metan en líos ni que Javier venga aquí buscando bronca. Tienes que elegir: o ella o nosotros.
Sentí que me arrancaban el corazón del pecho. ¿Cómo podía pedirme eso? ¿Cómo podía ponerme entre la espada y la pared?
Salí al salón y vi a Sara mirando por la ventana, perdida en sus pensamientos.
—Sara…—empecé a decirle, pero ella me interrumpió:
—Lo sé, Carmen. No quiero ser una carga para ti ni para tu familia. Buscaré otro sitio donde quedarme.
La acompañé hasta la puerta con lágrimas en los ojos. Nos abrazamos largo rato; ninguna de las dos quería soltar a la otra.
Esa noche discutí con Luis como nunca antes lo habíamos hecho. Le grité que no reconocía al hombre del que me había enamorado; él me acusó de poner en peligro a nuestra familia por una amistad “tóxica”.
Días después supe que Sara había conseguido una plaza en un piso tutelado para mujeres maltratadas. Me llamó para darme las gracias y decirme que estaba bien… pero algo se rompió entre nosotras aquella noche fatídica.
Desde entonces no dejo de preguntarme: ¿Hice lo correcto? ¿Debería haber luchado más por mi amiga o proteger ante todo a mi familia? ¿Dónde está el límite entre la lealtad y el miedo?
A veces me despierto pensando en Sara sola en aquel portal oscuro y me duele el alma… ¿Vosotros qué habríais hecho? ¿La compasión debe tener límites cuando se trata de proteger a los nuestros?