Puertas cerradas: Cuando la familia se convierte en extraños
—Mamá, ¿por qué no avisas antes de venir? —La voz de Lucía, mi hija, sonó fría al otro lado de la puerta mientras yo sostenía una bolsa de magdalenas recién hechas.
Me quedé helada. Había caminado bajo la lluvia hasta su piso en Chamberí, pensando en sorprender a Álvaro con su merienda favorita. Pero la sorpresa fue mía: Lucía apenas abrió la puerta, y detrás de ella, Sergio ni siquiera se molestó en saludarme. Escuché el sonido apagado de la televisión y las risas de mi nieto, pero no me invitaron a pasar.
—Solo quería veros un rato —balbuceé—. He traído magdalenas para Álvaro.
Lucía suspiró, miró hacia atrás y luego me miró a mí, como si yo fuera una molestia. —Hoy no nos viene bien, mamá. Sergio está cansado y Álvaro tiene deberes. Otro día, ¿vale?
Me quedé allí, con la bolsa en la mano, sintiendo cómo el frío me calaba hasta los huesos. No era la primera vez que esto pasaba. Desde que Lucía se casó con Sergio, todo cambió. Antes venían a casa los domingos, hacíamos paella y jugábamos al parchís. Ahora, cada intento mío de acercarme era como chocar contra un muro invisible.
Volví a casa caminando despacio, las magdalenas pesando más que nunca. Mi piso estaba silencioso, solo el tic-tac del reloj acompañaba mis pensamientos. Me senté en el sofá y miré una foto de Lucía de pequeña, con sus trenzas y su sonrisa traviesa. ¿En qué momento me convertí en una extraña para mi propia hija?
Intenté hablarlo con mi hermana Pilar por teléfono.
—Carmen, tienes que entender que los jóvenes ahora van a su aire —me dijo—. No te lo tomes tan a pecho.
Pero ¿cómo no iba a tomármelo así? Yo crié a Lucía sola después de que su padre nos dejara. Trabajé limpiando casas para que pudiera estudiar en la universidad. Cuando nació Álvaro, fui yo quien le cuidó mientras ellos trabajaban. Y ahora, de repente, parecía que sobraba.
Un día, decidí escribirle una carta a Lucía. Le conté lo mucho que la echaba de menos, lo sola que me sentía y lo importante que era para mí ver crecer a Álvaro. No obtuve respuesta.
Pasaron semanas. Empecé a notar cómo mis amigas del centro de mayores hablaban de sus nietos: excursiones al Retiro, meriendas en casa… Yo solo asentía y sonreía, ocultando mi tristeza.
Una tarde, mientras hacía la compra en el mercado de Maravillas, me encontré con Teresa, una vecina de toda la vida.
—¿Y tú nieto? Hace mucho que no te veo con él —me preguntó.
No supe qué decirle. Sentí vergüenza y rabia al mismo tiempo. ¿Por qué tenía que mentir sobre mi propia familia?
Esa noche no pude dormir. Recordé cuando Lucía era pequeña y se metía en mi cama después de una pesadilla. Yo le acariciaba el pelo y le prometía que siempre estaría ahí para ella. ¿Por qué ahora ella no estaba para mí?
Un domingo por la mañana decidí ir sin avisar al parque donde solían ir Sergio y Álvaro a jugar al fútbol. Los vi desde lejos: Sergio animando a Álvaro, Lucía sentada en un banco mirando el móvil. Me acerqué despacio.
—¡Abuela! —gritó Álvaro al verme—. ¿Has venido a verme jugar?
Lucía levantó la vista y frunció el ceño.
—Mamá, te dije que hoy teníamos planes familiares —me susurró con reproche.
—Pero yo también soy familia —le respondí con voz temblorosa.
Sergio se acercó y me habló en voz baja:
—Carmen, necesitamos nuestro espacio. No puedes aparecer así sin más.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Miré a Álvaro, que me sonreía desde el campo, ajeno a todo. Me fui antes de que terminara el partido.
Esa tarde lloré como hacía años que no lloraba. Me sentí invisible. Como si mi vida ya no importara para nadie.
Pasaron los meses y cada vez veía menos a Lucía y Álvaro. Empecé a salir más con mis amigas del centro: hacíamos talleres de pintura, íbamos al cine… Poco a poco aprendí a llenar el vacío con otras cosas, pero el dolor seguía ahí.
Un día recibí una llamada inesperada: Lucía estaba en el hospital, había tenido un accidente leve con el coche. Fui corriendo. Cuando llegué, estaba sola en la sala de espera.
—Mamá… —me dijo con voz cansada—. Perdona si he sido dura contigo últimamente.
Me senté a su lado y le cogí la mano.
—Solo quiero estar cerca de vosotros —le susurré—. No quiero ser una carga, pero tampoco quiero desaparecer de vuestras vidas.
Lucía me miró con lágrimas en los ojos.
—A veces siento que me ahogo entre el trabajo, Sergio y Álvaro… Y tú siempre has estado ahí para todos nosotros… Pero ahora no sé cómo encajarte en esta nueva vida.
Nos abrazamos en silencio. Por primera vez en mucho tiempo sentí que mi hija volvía a ser aquella niña asustada que buscaba refugio en mis brazos.
Desde entonces las cosas mejoraron un poco: Lucía me llama más a menudo y Álvaro viene algunos sábados a merendar conmigo. Pero sé que nada volverá a ser como antes.
A veces me pregunto: ¿Por qué es tan fácil perderse entre las personas que más queremos? ¿Cuántas madres y abuelas estarán ahora mismo sintiendo lo mismo que yo?