¿Solo sirvo para trabajar? Mi familia me ve como la criada, pero nunca como parte de ellos

—¿Por qué siempre eres tú la que recoge la mesa, Lucía? —me preguntó mi cuñada Marta, con esa sonrisa que nunca sé si es burla o lástima. Yo apreté los labios y seguí apilando platos, mientras mi hermano Sergio ni levantaba la vista del móvil. Mi madre, desde el sofá, solo murmuró: —Déjala, que se le da bien.

En ese momento, sentí cómo una rabia antigua me subía por el pecho. ¿Se me da bien? ¿O es que nadie más quiere hacerlo? Desde pequeña, he sido la que ayuda, la que cuida, la que está cuando hace falta. Pero cuando llegan las Navidades, los cumpleaños o cualquier celebración, soy invisible. Me siento como una sombra en mi propia casa.

Recuerdo una vez, tendría unos doce años, cuando mi padre me pidió que ayudara a limpiar después de una comida familiar. Mi prima Elena jugaba en el jardín con los demás niños y yo, con las manos llenas de grasa y el delantal de mi madre, miraba por la ventana preguntándome por qué nadie venía a ayudarme. «Tú eres responsable», me decían. «Tú sí sabes hacer las cosas bien». Y así fui creciendo, con esa etiqueta pegada a la piel.

Ahora tengo treinta y cuatro años y nada ha cambiado. Bueno, sí: ahora también esperan que cuide de mis padres mayores, que lleve a mis sobrinos al médico si hace falta, que esté disponible para todo lo que los demás no quieren hacer. Pero cuando se trata de compartir una copa de vino o reírse en la sobremesa, parece que no existo.

El domingo pasado fue el cumpleaños de mi madre. Como siempre, yo llegué antes para ayudar a preparar todo. Marta y Sergio llegaron tarde, con prisas y sin ganas. Apenas saludaron. Cuando por fin nos sentamos a la mesa, mi madre me miró y dijo:

—Lucía, ¿puedes traer más pan?

Me levanté sin decir nada. Al volver, escuché cómo Marta le susurraba a Sergio:

—Menos mal que está Lucía para estas cosas.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Para estas cosas? ¿Y para qué más sirvo yo aquí?

Esa noche no pude dormir. Me di cuenta de que llevaba años tragando ese sentimiento de ser útil pero nunca querida. De ser imprescindible solo cuando hay problemas o tareas incómodas. Y me pregunté: ¿por qué no puedo decir basta?

Al día siguiente llamé a mi amiga Carmen. Ella siempre ha sido mi refugio.

—Carmen, ¿tú crees que tengo derecho a decir que no?

—Por supuesto —me respondió sin dudar—. No eres su criada. Eres su hija, su hermana… Tienes derecho a vivir tu vida.

Pero en mi familia las cosas no son tan fáciles. Si alguna vez he intentado poner límites, enseguida me han hecho sentir culpable: «¿Y quién lo va a hacer si no?», «Eres la única en quien podemos confiar».

Hace dos semanas decidí probar algo diferente. Mi padre tenía cita en el hospital y me llamaron para pedirme que lo acompañara. Por primera vez en mi vida dije:

—No puedo. Tengo trabajo.

Hubo un silencio al otro lado del teléfono. Mi madre suspiró:

—Bueno… ya veremos cómo nos apañamos.

Durante todo el día sentí una mezcla de culpa y alivio. Nadie más llamó para reprocharme nada, pero tampoco nadie me preguntó cómo estaba yo.

El sábado siguiente hubo una comida familiar en casa de Sergio. Yo llegué justo a la hora, sin adelantarme para ayudar. Cuando entré, vi a Marta corriendo de un lado a otro y a mi madre sentada con cara de pocos amigos.

—¿No vas a ayudar? —me preguntó Marta con tono seco.

—Hoy no —respondí mirando a los ojos de mi hermano—. Hoy quiero disfrutar como los demás.

Mi hermano se encogió de hombros y siguió hablando con su hijo sobre el partido del Madrid. Nadie más insistió.

Durante la comida me sentí rara, como si estuviera ocupando un lugar que no era mío. Pero también sentí algo parecido al orgullo. Por primera vez en mucho tiempo estaba pensando en mí.

Al final del día, mi madre se acercó y me dijo en voz baja:

—No sé qué te pasa últimamente, Lucía. Antes eras más… servicial.

La miré y le respondí:

—Antes era más infeliz.

No dijo nada más.

Ahora escribo esto desde mi pequeño piso en Vallecas, pensando en todo lo que he aguantado por miedo a decepcionarles. Pero también pienso en lo mucho que me he perdido por no ponerme nunca en primer lugar.

¿De verdad solo sirvo para trabajar? ¿No tengo derecho a ser feliz y a poner límites? ¿Cuántos de vosotros os habéis sentido así alguna vez? Me gustaría leer vuestras historias y saber si también habéis tenido el valor de decir basta.