Volví a casa con mi hijo recién nacido… y solo encontré vacío
—¿De verdad no has preparado nada, Sergio? —mi voz tembló, apenas audible, mientras sostenía a Mateo, envuelto en la mantita del hospital, en el umbral de nuestra casa de Alcalá de Henares. El eco de mi pregunta rebotó en el pasillo vacío. No había cuna, ni cambiador, ni siquiera un paquete de pañales a la vista. Solo el olor a polvo y la luz mortecina de la tarde colándose por la persiana mal bajada.
Sergio apareció desde el despacho, el móvil pegado a la oreja, gesticulando con la mano libre. Ni siquiera me miró. —Ahora no, Lucía, tengo una llamada importante —susurró, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé allí, con el peso de mi hijo y de la soledad aplastándome el pecho. ¿Así iba a ser mi nueva vida?
Me senté en el sofá, intentando no llorar. Mateo dormía, ajeno a todo, con la boquita entreabierta. Yo, en cambio, sentía que el mundo se me venía encima. Había soñado tantas veces con este momento: llegar a casa, ver la habitación decorada, la ropita doblada, los peluches esperando. Pero la realidad era otra. Ni una nota de bienvenida, ni una llamada de mi madre —demasiado ocupada con sus amigas del club de petanca—, ni una visita de mi hermana Marta, que desde que se fue a Barcelona apenas me escribe.
Las horas pasaron lentas. Sergio salió del despacho solo para calentar una pizza congelada y volver a encerrarse. —Tengo que terminar un informe, lo siento —dijo sin mirarme. Yo asentí, tragando las lágrimas. ¿De verdad estaba sola en esto?
Esa noche, improvisé una cuna con una caja de cartón y una toalla. Me senté a su lado, acariciando la cabecita de Mateo, y lloré en silencio. Recordé las palabras de mi abuela: «En la vida, hija, a veces hay que ser fuerte aunque nadie te vea». Pero yo no quería ser fuerte, solo quería sentirme acompañada.
Al día siguiente, salí a la farmacia con Mateo en el carrito. La farmacéutica, Carmen, me miró con compasión. —¿Todo bien, Lucía? —preguntó, viendo mis ojeras y el temblor en mis manos. No pude evitarlo: rompí a llorar allí mismo, entre los botes de crema y los chupetes. Carmen me abrazó, y por un momento sentí un poco de calor humano. —No estás sola, mujer. Si necesitas algo, aquí estoy —me susurró.
Volví a casa con pañales, toallitas y un peluche que Carmen me regaló. Sergio seguía igual: ausente, distante, como si Mateo y yo fuéramos un estorbo. Una noche, después de una discusión por la cuna —que aún no había comprado—, le grité: —¿Por qué no te importa? ¿Por qué tengo que hacerlo todo yo? —Él solo encogió los hombros. —No exageres, Lucía. Trabajo mucho para que no os falte de nada. —Pero nos falta todo, Sergio. Nos faltas tú.
Los días se convirtieron en semanas. Mi cuerpo seguía dolorido, mi ánimo por los suelos. Empecé a temer las noches, cuando el silencio era tan denso que podía oír mis propios pensamientos: «¿Y si no soy suficiente? ¿Y si Mateo merece una madre más fuerte?». A veces, me sorprendía deseando que Sergio se fuera del todo, para no tener que soportar su indiferencia. Otras, soñaba con que entrara por la puerta con flores y un abrazo, pidiéndome perdón.
Un domingo, Marta apareció por sorpresa. —¿Qué te pasa, hermana? —preguntó, viendo el caos en casa y mi cara demacrada. Le conté todo, entre sollozos. Ella me abrazó fuerte. —No tienes que hacerlo sola, Lucía. Yo estoy aquí. Y mamá también, aunque sea a su manera. —Me ayudó a limpiar, a montar la cuna que había traído en su coche, a bañar a Mateo. Por primera vez en semanas, sentí que respiraba.
Pero Sergio seguía igual. Una noche, después de una pelea más, me miró con frialdad. —No sé si quiero seguir así, Lucía. Esto no era lo que esperaba. —Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. —¿Y qué esperabas, Sergio? ¿Un hijo que no llora? ¿Una mujer que no necesita ayuda? —Él no respondió. Se fue a dormir al sofá.
Empecé a pensar en separarme. ¿Sería capaz? ¿Podría criar a Mateo sola? El miedo me paralizaba, pero la soledad era peor. Hablé con una psicóloga del centro de salud. —No eres la única, Lucía. Muchas mujeres se sienten así. No es tu culpa. —Sus palabras me dieron fuerzas. Empecé a salir más, a quedar con otras madres del parque, a pedir ayuda sin vergüenza.
Un día, Sergio llegó antes de lo habitual. Me encontró jugando con Mateo en el suelo, riendo. Se quedó en la puerta, mirándonos. —Quizá no he estado a la altura —dijo en voz baja. —No, Sergio. No lo has estado. Pero aún puedes intentarlo, si quieres. —Él asintió, con lágrimas en los ojos. Por primera vez, sentí que tal vez había esperanza.
Ahora, meses después, las cosas no son perfectas. Sergio y yo vamos a terapia de pareja. A veces discutimos, a veces reímos. Pero ya no me siento tan sola. He aprendido a pedir ayuda, a no cargar con todo. Y cuando miro a Mateo, dormido en su cuna, me pregunto: ¿Cuántas mujeres más estarán pasando por esto en silencio? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda y reconocer que no podemos con todo? ¿De verdad tenemos que ser siempre las fuertes?