A oscuras tras la puerta: cuando ser abuelos pesa más que alegra
—¡Papá, sé que estáis ahí! ¡Abre la puerta!— La voz de Lucía retumbaba en el pasillo, mezclada con los golpes impacientes de sus nudillos. Mi mujer, Carmen, me miró con los ojos muy abiertos, el dedo en los labios. El salón estaba a oscuras, las persianas bajadas, y solo el tic-tac del reloj y nuestras respiraciones agitadas llenaban el silencio.
Nunca imaginé que llegaría a este punto. Yo, Antonio, jubilado de Correos, siempre había soñado con una vejez tranquila, paseos por el Retiro y tardes de dominó con los amigos. Pero desde que Lucía tuvo a sus mellizos, Hugo y Paula, nuestra casa se convirtió en una guardería improvisada. Al principio era una alegría: los primeros pasos, las risas, los dibujos colgados en la nevera. Pero con el tiempo, la rutina se volvió agotadora.
—Antonio, ¿y si nos descubre?— susurró Carmen, temblando.
—No digas nada. Si no respondemos, se irá— contesté, aunque ni yo mismo me lo creía.
Las voces de los niños se sumaron al tumulto:
—¡Abueloooo! ¡Abuelaaaa!— gritaban, golpeando la puerta con manos diminutas.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Qué clase de abuelo soy? Pero el cansancio era más fuerte. Llevábamos meses sin un solo día para nosotros. Lucía nos dejaba a los niños cada vez más tiempo: primero unas horas, luego días enteros. «Papá, mamá, es que tengo mucho trabajo», «No puedo con todo», «Sois mis únicos apoyos». Y nosotros, incapaces de decir que no.
Recuerdo la última vez que intenté hablarlo con Carmen:
—Carmen, esto nos está superando. No hemos ido al cine en meses, ni siquiera salimos a pasear juntos.
Ella suspiró:
—Pero son nuestros nietos… ¿cómo vamos a negarnos? Lucía cuenta con nosotros.
Pero hoy fue diferente. Hoy sentí que si abría esa puerta, me rompería por dentro. No podía más. Me dolían las rodillas, la espalda y el alma.
Los golpes cesaron. Oímos pasos alejándose y el ascensor bajando. Carmen se echó a llorar en silencio. La abracé torpemente.
—¿Qué nos está pasando?— sollozó.
No supe qué responderle. Me sentí un cobarde y un egoísta.
Esa noche no dormimos. Dimos vueltas en la cama mientras la culpa nos devoraba. A la mañana siguiente, Lucía llamó por teléfono:
—¿Por qué no abristeis ayer?— preguntó con voz fría.
Me tragué la vergüenza.
—Estábamos… descansando. No oímos nada.
Silencio al otro lado.
—Papá, necesito que me ayudéis más. No puedo con todo. Si no podéis cuidar de Hugo y Paula, dímelo claro.
Me tembló la voz:
—Lucía… somos mayores. Nos cuesta seguir el ritmo de los niños. Necesitamos descansar también.
Ella explotó:
—¡Siempre habéis estado ahí para mí! ¿Ahora me vais a dejar tirada? ¡Sois mis padres!
Colgó antes de que pudiera explicarme mejor.
Carmen y yo nos miramos derrotados. ¿En qué momento pasamos de ser padres a ser imprescindibles? ¿Por qué nadie nos preguntó si queríamos ser abuelos a tiempo completo?
Los días siguientes fueron un infierno de silencios y reproches velados. Lucía dejó de llamarnos. Los niños no vinieron más. La casa se llenó de un silencio extraño, pesado, casi doloroso. Al principio fue un alivio: desayunar tranquilos, leer el periódico sin interrupciones… Pero pronto llegó la tristeza.
Una tarde Carmen rompió el silencio:
—¿Y si hemos perdido a Lucía para siempre?
No supe qué decirle. Me sentía culpable por desear mi propia vida y al mismo tiempo vacío sin mis nietos correteando por el pasillo.
Intenté hablar con Lucía varias veces, pero solo recibí respuestas cortantes o mensajes sin contestar. Empecé a dudar: ¿hemos sido egoístas? ¿O es justo querer vivir nuestra vejez sin cargas?
Un domingo cualquiera, mientras paseábamos por el parque —por fin solos— vimos a otra pareja de abuelos jugando con su nieta. Carmen se detuvo y me apretó la mano:
—¿Crees que algún día volverán?
La miré y sentí un nudo en la garganta. No tenía respuestas. Solo preguntas y una tristeza sorda.
Esa noche escribí una carta a Lucía:
«Hija,
Sé que estás enfadada y lo entiendo. Pero somos humanos, también nos cansamos y necesitamos cuidarnos para poder cuidar de vosotros. No queremos perderte ni perder a Hugo y Paula, pero tampoco podemos seguir como hasta ahora. Ojalá puedas entendernos algún día.
Con amor,
Papá»
No sé si leerá mi carta o si algún día me perdonará por haber cerrado esa puerta. Solo sé que he llegado al límite y que también tengo derecho a pensar en mí mismo después de toda una vida dedicada a los demás.
¿Es tan grave querer descansar? ¿O acaso ser abuelo significa renunciar para siempre a tu propia vida?