“Cuando mis nietos se van, respiro aliviada”: La confesión de una abuela que nadie quiere escuchar
—¿Te quedas con los niños esta tarde, mamá?— preguntó Lucía, mi hija, mientras recogía su bolso con la prisa de quien sabe que el tiempo nunca es suficiente. No esperó respuesta. Ya estaba en la puerta, lanzando besos al aire y prometiendo volver antes de la cena.
Me quedé en el salón, rodeada de juguetes y risas, pero también de un cansancio que no se va ni con tres cafés. Martín y Paula, mis nietos, corrían de un lado a otro, ajenos a mi agotamiento. Me miré las manos, arrugadas y temblorosas, y sentí una punzada de culpa por lo que estaba a punto de pensar: “Ojalá llegue pronto la hora de que se vayan”.
No siempre fue así. Cuando nacieron mis nietos, sentí una alegría inmensa. Me ofrecí voluntaria para ayudar, para ser esa abuela que todos imaginan: paciente, amorosa, siempre disponible. Pero los años pasan y el cuerpo no perdona. A veces me duele la espalda solo de pensar en agacharme a recoger otro cochecito del suelo. Y sin embargo, nadie pregunta cómo estoy yo.
En mi barrio de Vallecas, esto es lo normal. Las abuelas somos el pilar invisible de muchas familias. En el parque, las conversaciones giran siempre en torno a lo mismo: “¿A ti también te dejan los niños cada tarde?” “¿No te cansas?” Pero nadie se atreve a decir lo que yo siento: que sí, me canso. Que sí, a veces preferiría estar sola, leyendo una novela o simplemente escuchando el silencio.
El otro día, mientras preparaba la merienda, Paula tiró un vaso de leche al suelo. Me sobresalté y le grité más fuerte de lo que hubiera querido. Ella se echó a llorar y Martín me miró con esos ojos grandes, llenos de sorpresa y miedo. Me sentí la peor abuela del mundo. Cuando Lucía vino a recogerlos, le conté lo que había pasado.
—Mamá, solo son niños —me dijo—. Tienes que tener más paciencia.
Me mordí la lengua para no contestar: “¿Y quién tiene paciencia conmigo?”
Esa noche no pude dormir. Recordé cuando era yo la madre joven y mi madre venía a ayudarme. Nunca le pregunté si quería hacerlo o si simplemente sentía que debía hacerlo. Ahora entiendo su silencio, sus suspiros cuando creía que no la veía.
La semana pasada fue el cumpleaños de Martín. Toda la familia vino a casa: mis hijos, mis nueras, los nietos… La casa llena de risas y voces altas. Pero en medio del bullicio, sentí una soledad profunda. Nadie me preguntó cómo estaba o si necesitaba ayuda con la comida o la limpieza. Todos daban por hecho que yo podía con todo.
Después de la fiesta, me senté en el sofá rodeada de platos sucios y globos desinflados. Lloré en silencio. No por tristeza, sino por agotamiento y por esa sensación de ser invisible.
Al día siguiente llamé a mi amiga Carmen.
—No puedo más —le confesé—. Siento alivio cuando los niños se van.
—Eso nos pasa a todas —me respondió—. Pero nadie lo dice porque parece que somos malas abuelas si no queremos estar siempre disponibles.
Su respuesta me hizo sentir menos sola. ¿Por qué tenemos que cargar con esta culpa? ¿Por qué nadie habla de lo difícil que es ser abuela en estos tiempos?
Un viernes por la tarde, cuando Lucía vino a recoger a los niños antes de lo habitual, sentí un alivio tan grande que casi me eché a llorar delante de ella. Me fui directa a mi habitación y me tumbé en la cama mirando el techo. El silencio era tan profundo que me dolían los oídos. Por primera vez en mucho tiempo, dormí una siesta sin sobresaltos.
Al despertar, pensé en hablar con Lucía. Tenía miedo de su reacción; temía que pensara que no quería a sus hijos o que era una egoísta. Pero necesitaba decirlo.
Esa noche cenamos juntas en la cocina.
—Lucía —dije con voz temblorosa—, necesito descansar más. Quiero ayudarte, pero no puedo estar todos los días con los niños.
Ella me miró sorprendida.
—Mamá… ¿por qué no me lo habías dicho antes?
Me encogí de hombros.
—Pensé que era mi deber. Que si decía algo os decepcionaría.
Lucía suspiró y me cogió la mano.
—Te quiero igual, mamá. Y quiero que estés bien.
Lloramos juntas esa noche. Fue como si un peso enorme se levantara de mis hombros.
Ahora veo a mis nietos menos días a la semana. Cuando vienen, disfruto más de su compañía porque sé que después tendré tiempo para mí. He vuelto a leer novelas y hasta he empezado clases de pintura en el centro cultural del barrio.
A veces me pregunto cuántas abuelas estarán ahora mismo sintiendo lo mismo que yo y callando por miedo al qué dirán. ¿No merecemos también nuestro propio espacio? ¿No hemos dado ya suficiente?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido alivio cuando tus nietos se van? ¿Por qué crees que nos cuesta tanto admitirlo?