Entre Sombras y Esperanza: Mi Vida con Mariana y Sus Hijos
—¿De verdad vas a casarte con Mariana y cargar con tres pibes que ni tuyos son, Julián? ¿Te volviste loco? —La voz de Sergio, mi mejor amigo desde la secundaria, retumbó en la cocina del conventillo mientras yo lavaba una olla con agua fría.
No respondí enseguida. Miré por la ventana: la lluvia caía sobre los techos de chapa y el olor a humedad se mezclaba con el del guiso barato que cocinaba Mariana en la pieza de al lado. Pensé en sus hijos: Tomás, Lucía y el pequeño Fede, que apenas tenía cuatro años. Pensé en mi vieja, que no me hablaba desde que le conté que iba a casarme con una mujer separada y con hijos. Pensé en el barrio, en las miradas, en los comentarios a media voz.
—Sergio, no me importa lo que digan —dije al fin, apretando los dientes—. Yo la quiero. Y a los chicos también.
Él bufó y se sirvió un mate amargo. —No es tan fácil, Julián. Mirá cómo está el país. No hay laburo, todo sube menos el sueldo. ¿Y vos te vas a meter en ese quilombo?
Tenía razón. Era 1987 y Argentina se caía a pedazos. Mi trabajo en la fábrica de autopartes apenas alcanzaba para pagar el alquiler de la pieza y comprar algo de comida. Mariana había perdido su empleo en la mercería del centro cuando cerró por falta de ventas. Los chicos iban a la escuela con guardapolvos remendados y zapatillas prestadas por una vecina.
Pero cuando veía a Mariana reírse con Fede en brazos, o a Tomás ayudarme a arreglar la bicicleta vieja para ir al trabajo, sentía que todo valía la pena.
La primera vez que llevé a Mariana a conocer a mi familia fue un desastre. Mi madre ni siquiera nos abrió la puerta. Mi hermana Laura me miró con lástima y me susurró: —¿Por qué te hacés esto, Julián? Podrías tener una vida más fácil…
Pero yo ya había tomado mi decisión.
Nos casamos en una iglesia pequeña del barrio de Constitución. No hubo fiesta, apenas un brindis con sidra barata y unas empanadas que trajo doña Rosa, la vecina del fondo. Los chicos estaban felices; Lucía me abrazó fuerte y me dijo al oído: —¿Ahora sí sos mi papá?
Me temblaron las piernas. No supe qué responderle. Yo no era su padre biológico, pero sentí que ese día nacía una familia nueva.
Los primeros meses fueron duros. Mariana lloraba por las noches, pensando que había arruinado mi vida. Yo me levantaba antes del amanecer para buscar changas en el mercado de Abasto o cargar bolsas en la estación de trenes. A veces volvía sin un peso y tenía que mirar a los chicos a los ojos y decirles que esa noche solo habría sopa.
Una tarde, mientras arreglaba una canilla rota, escuché a Tomás discutir con un vecino:
—¡No es tu papá! —le gritó el hijo del carnicero—. ¡Tu viejo los dejó tirados!
Tomás apretó los puños y respondió: —Julián es mejor que cualquier papá. Él se quedó.
Sentí un nudo en la garganta. Me acerqué y lo abracé fuerte. —Gracias, hijo —le dije, sin poder contener las lágrimas.
Pero no todo era ternura. Mariana y yo discutíamos por cualquier cosa: el dinero que no alcanzaba, los celos por mi exnovia que todavía me llamaba, las tareas de los chicos, el cansancio acumulado.
—¿Por qué no buscás otro trabajo? —me reprochó una noche—. No podemos vivir así toda la vida.
—¿Y vos creés que no lo intento? —le grité—. ¡Estoy haciendo lo que puedo!
Fede se puso a llorar y Lucía se tapó los oídos. Me sentí un monstruo.
A veces pensaba en irme. En dejar todo y empezar de nuevo solo, sin cargas ni responsabilidades ajenas. Pero entonces veía a Mariana dormida junto a los chicos, abrazados como si el mundo fuera a romperse si se soltaban… y sabía que no podía abandonarlos.
Un día recibí una oferta para trabajar como sereno en una obra en construcción. El sueldo era bajo pero podía llevarme pan y leche sobrantes para los chicos. Acepté sin dudarlo.
Las noches eran largas y frías. Me sentaba en una silla desvencijada, escuchando el eco de mis pensamientos:
«¿Hice bien? ¿No estaré arruinando mi vida por una ilusión? ¿Y si nunca salimos adelante?»
Pero cada mañana, cuando volvía a casa y encontraba a Fede esperándome en la puerta con un dibujo hecho para mí, sentía que todo tenía sentido.
Con el tiempo, algunos vecinos empezaron a respetarnos. Don Ernesto me ofreció ayudarlo en su taller mecánico los fines de semana; doña Rosa le regaló ropa usada a Lucía; incluso mi hermana Laura vino un día con una bolsa de víveres y me abrazó llorando:
—Perdoname, Julián… Fui una tonta.
Pero mi madre nunca aceptó a Mariana ni a los chicos. Murió sin conocerlos.
A veces pienso en todo lo que perdí: amigos que se alejaron, sueños postergados, juventud gastada entre changas y preocupaciones. Pero también pienso en lo que gané: una familia hecha de retazos, sí… pero mía al fin.
Hoy Tomás trabaja conmigo en el taller; Lucía estudia enfermería; Fede sueña con ser futbolista. Mariana y yo seguimos peleando por pavadas pero nos reímos juntos cada noche antes de dormir.
¿Valió la pena? ¿Cuántos se animarían a apostar todo por amor cuando el mundo entero te da la espalda?
A veces me miro al espejo y me hago esa pregunta… ¿Y vos? ¿Te animarías?