«¡No quiero ser madre! Quiero vivir, divertirme y disfrutar la vida» – El día que mi hija me ocultó su embarazo y nuestra familia cambió para siempre

—¡No quiero ser madre! ¡Quiero vivir, divertirme y disfrutar la vida!—. El grito de Marta retumbó en el pasillo, tan fuerte que hasta los vecinos debieron escucharlo. Yo me quedé helada, con el corazón encogido y la taza de café temblando en mis manos. Era una tarde de noviembre en Madrid, el cielo gris y la lluvia golpeando los cristales, como si el mundo entero compartiera nuestra tormenta.

Nunca imaginé que mi hija, mi pequeña Marta, la niña risueña que bailaba sevillanas en las fiestas del barrio, me ocultaría algo tan grande. Pero ahí estaba, con los ojos hinchados y la voz rota, confesando entre sollozos que llevaba meses escondiendo su embarazo. Supe entonces que nada volvería a ser igual.

—¿Desde cuándo lo sabes?— pregunté, intentando mantener la calma mientras mi marido, Antonio, se apoyaba en el marco de la puerta, pálido como un fantasma.

—Desde hace tres meses…— murmuró ella, bajando la mirada. —Tenía miedo. No quería decepcionaros.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿En qué momento dejamos de hablar? ¿Cuándo se rompió la confianza entre nosotras? Recordé las veces que Marta llegaba tarde a casa, las discusiones por las notas, sus silencios cada vez más largos. Yo pensaba que era solo la adolescencia, pero ahora todo cobraba sentido.

Antonio se acercó a ella y le puso una mano en el hombro. —¿Y el padre? ¿Sabe algo?

Marta negó con la cabeza. —No quiere saber nada. Dice que es mi problema.

Me sentí impotente. Quise abrazarla, pero también gritarle por habérnoslo ocultado. En ese momento, solo pude sentarme a su lado y llorar con ella.

Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Llamadas al médico, visitas al centro de salud del barrio de Chamberí, miradas curiosas de las vecinas en el portal. Mi madre, la abuela Pilar, vino desde Toledo en cuanto se enteró. —En mis tiempos esto era una vergüenza— murmuró mientras preparaba una tortilla de patatas. Pero luego abrazó a Marta y le susurró al oído: —No estás sola.

La noticia se propagó rápido entre familiares y amigos. Mi hermana Laura me llamó indignada: —¿Cómo no te diste cuenta antes?—. Yo solo pude responderle con lágrimas. Nadie está preparado para esto.

Marta dejó de ir al instituto durante unas semanas. No soportaba las miradas ni los murmullos en los pasillos. Sus amigas dejaron de escribirle mensajes; solo Ana, su mejor amiga desde primaria, seguía viniendo a casa a hacerle compañía y ver series en el sofá.

Una tarde, mientras Marta dormía la siesta, Antonio y yo discutimos en la cocina.

—Esto nos ha superado —dijo él, frotándose las sienes—. No sé si podremos con todo.

—Tenemos que poder —le respondí—. Por ella.

Pero yo también dudaba. Las facturas se acumulaban en la mesa; Antonio llevaba meses en paro tras el cierre de la fábrica donde trabajaba desde joven. Yo limpiaba casas por horas para ayudar con los gastos. ¿Cómo íbamos a sacar adelante a un bebé?

Marta empezó a hablar con una psicóloga del centro juvenil del barrio. Volvía a casa más tranquila después de cada sesión, aunque seguía repitiendo: —No quiero ser madre. No estoy preparada.

Una noche, mientras cenábamos sopa caliente y pan duro, Marta rompió el silencio:

—He pensado en darlo en adopción.

Antonio dejó caer la cuchara y yo sentí un nudo en el estómago.

—¿Estás segura?— pregunté con voz temblorosa.

—No lo sé… Solo sé que no quiero renunciar a mi vida.— Sus ojos estaban llenos de miedo y esperanza a la vez.

Las semanas pasaron entre visitas al médico y reuniones familiares llenas de discusiones. Mi suegra decía que debíamos criar al niño nosotros; mi hermana insistía en que Marta debía asumir su responsabilidad; yo solo quería protegerla del dolor del mundo.

Una tarde de domingo, salimos a pasear por El Retiro. Marta caminaba despacio, acariciándose la barriga bajo el abrigo grueso.

—¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar?— me preguntó de repente.

Me quedé sin palabras. Recordé mis diecisiete años: los sueños rotos, los amores imposibles, las ganas de escapar del pueblo para conquistar Madrid…

—No lo sé —le dije sinceramente—. Pero sé que te apoyaré hagas lo que hagas.

Marta sonrió por primera vez en semanas y me abrazó fuerte.

El parto llegó antes de lo esperado, una madrugada fría de febrero. Antonio y yo corrimos al hospital mientras nevaba sobre la ciudad dormida. Cuando escuché el llanto del bebé sentí una mezcla de alivio y tristeza: era hermoso y frágil como un suspiro.

Marta lo miró durante horas sin decir palabra. Finalmente decidió darlo en adopción a una pareja que no podía tener hijos. Fue una despedida dolorosa pero llena de amor; vi en los ojos de mi hija una madurez que nunca antes había visto.

Hoy Marta ha vuelto al instituto y poco a poco recupera su vida. A veces llora por las noches; otras veces sonríe como antes. Nuestra familia sigue rota en algunos lugares, pero también más unida que nunca.

A veces me pregunto: ¿Hicimos lo correcto? ¿Cómo se aprende a ser madre cuando tu hija decide no serlo? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?