Ocho años cuidando al padre de mi nuera: ¿merecemos gratitud por lo que hacemos en silencio?

—¿Por qué siempre eres tú la que se encarga de todo, Carmen? —me preguntó mi hermana Lucía por teléfono, su voz cargada de preocupación y un poco de rabia contenida.

No supe qué responderle. En ese momento, tenía las manos cubiertas de crema hidratante, masajeando las piernas hinchadas de don Manuel, el padre de mi nuera. Ocho años llevaba ya en esa rutina: levantarme antes del alba, preparar el desayuno, cambiarle los pañales, limpiar su habitación y escuchar sus quejas o sus silencios. Ocho años en los que mi vida se había reducido a los metros cuadrados de este piso en Vallecas, a la espera de una mejoría que nunca llegó.

Mi nombre es Carmen Jiménez y tengo 67 años. No soy enfermera ni asistente social. Soy suegra, madre y abuela. Pero, sobre todo, soy invisible para mi familia.

Todo empezó cuando mi hijo Álvaro se casó con Marta. Al principio, la relación era cordial. Marta era una chica educada, aunque distante. Su padre, don Manuel, vivía solo en un pueblo de Toledo. Cuando sufrió el ictus, Marta entró en pánico. «No puedo dejar el trabajo, mamá Carmen. No puedo con todo», me dijo llorando una tarde en la cocina. Álvaro estaba en paro y buscaba trabajo fuera de Madrid. Yo, jubilada y con tiempo libre, fui la candidata perfecta para hacerme cargo del enfermo.

—No te preocupes, hija —le dije—. Yo me ocupo de tu padre.

Nunca imaginé que ese «me ocupo» se convertiría en mi condena silenciosa.

Los primeros meses fueron los peores. Don Manuel era un hombre orgulloso y testarudo. No quería que nadie le ayudara a vestirse ni a ir al baño. Me gritaba: «¡Déjame en paz! ¡No soy un inútil!». A veces lloraba como un niño pequeño. Yo aguantaba el tipo y le hablaba con dulzura: «Manuel, todos necesitamos ayuda alguna vez».

Poco a poco, la rutina nos fue domando a ambos. Aprendí a leer sus gestos y a anticipar sus necesidades. Él aprendió a confiar en mí. Pero fuera de esa habitación, el mundo seguía girando sin enterarse de mi sacrificio.

Marta venía los domingos a visitarlo. Traía pasteles y hablaba rápido, como si tuviera prisa por marcharse. Álvaro llamaba de vez en cuando desde Zaragoza: «¿Todo bien por ahí, mamá?». Yo respondía siempre lo mismo: «Sí, hijo, todo bien».

Pero no todo estaba bien. Mi cuerpo empezó a resentirse: dolores de espalda, insomnio, ansiedad. Mis amigas dejaron de llamarme porque nunca podía quedar para tomar un café o ir al cine. Mi hermana Lucía era la única que insistía:

—Carmen, esto no es justo. ¿Por qué tienes que cargar tú sola con todo?

No sabía qué contestarle. ¿Por qué lo hacía? ¿Por deber? ¿Por miedo a decir que no? ¿Por amor a mi hijo?

Una tarde de invierno, mientras le cambiaba las sábanas a don Manuel, escuché una conversación entre Marta y su hermano Javier en el salón:

—Mamá Carmen está obsesionada con cuidar a papá —decía Javier—. A veces pienso que lo hace para sentirse útil.
—Bueno —respondió Marta—, mejor para nosotros. Así podemos seguir con nuestra vida.

Sentí un nudo en el estómago. ¿Eso pensaban de mí? ¿Que lo hacía por egoísmo?

Los años pasaron y don Manuel fue apagándose poco a poco. Sus ojos se volvían cada vez más opacos; su voz, apenas un susurro. El día que murió, Marta llegó corriendo al hospital y me abrazó sin mirarme a los ojos:

—Gracias por todo, mamá Carmen —dijo rápidamente antes de irse a hablar con los médicos.

Ese fue el único «gracias» que recibí en ocho años.

El funeral fue frío y breve. Nadie mencionó mi nombre ni mi dedicación. Volví a casa sola y me senté en el sofá vacío, mirando las fotos familiares colgadas en la pared.

A veces me pregunto si hice bien en sacrificar mis últimos años de juventud por alguien que no era ni siquiera de mi sangre. Si merezco sentirme dolida por la indiferencia de mi familia. Si la gratitud es un derecho o solo una ilusión.

Hoy escribo esto porque sé que hay muchas mujeres como yo en España: abuelas, suegras o madres que cuidan en silencio y cuyo esfuerzo nadie ve ni reconoce.

¿De verdad es tan difícil decir «gracias»? ¿Cuántas Carmen hay ahora mismo sintiéndose invisibles en sus propias casas?