Manzanas envenenadas en La Moraleja: Secretos bajo la piel del lujo
—¿Por qué no despierta, Damián? —La voz de Lucía, temblorosa, me sacudió como un cubo de agua fría. La niña estaba sentada en el sofá de cuero blanco, con las piernas colgando y los ojos grandes llenos de miedo.
No supe qué responder. Miré a la pequeña, tan frágil, tan fuera de lugar en mi salón minimalista de La Moraleja, rodeada de arte moderno y silencio. La casa olía a cera cara y a soledad.
—No te preocupes, Lucía. Solo está cansada —mentí, mientras mi mente giraba como una peonza. ¿Por qué una niña de cinco años dormía tanto? ¿Por qué su piel tenía ese tono ceniciento?
Mi socio, Javier, me había llamado esa mañana con voz rota:
—Damián, necesito que cuides de Lucía unos días. Marta… bueno, Marta está rara últimamente. No quiero dejarla sola con la niña.
No pregunté más. Javier y yo compartíamos más que negocios; compartíamos secretos, silencios y una lealtad forjada en noches largas de trabajo y copas en terrazas madrileñas. Pero lo que no sabía era que el pasado estaba a punto de alcanzarme.
Esa tarde, mientras Lucía dormía en mi despacho, entró Carmen, mi asistenta de toda la vida. Bajó la voz:
—Don Damián, ¿ha visto las manzanas que trae la niña? Siempre las tiene en la mochila. Y huelen raro…
Me acerqué a la mochila rosa de Lucía. Dentro, tres manzanas perfectamente pulidas, envueltas en papel de cocina. Las olí: un aroma dulzón y químico me hizo retroceder.
—¿Quién te da estas manzanas, Lucía? —pregunté con suavidad.
—Marta dice que si me las como, soñaré con mamá —susurró la niña.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Marta… Marta era la madrastra de Lucía. Y también era el fantasma que había destrozado mi vida años atrás.
Recuerdo el día en que enterré a mi esposa, Ana. Nadie supo nunca lo que realmente pasó aquella noche en nuestra casa de Chamberí. Solo yo sospechaba que no fue un accidente. Y ahora, viendo a Lucía, entendí que Marta seguía tejiendo su red venenosa.
Esa noche no pude dormir. Caminé por el pasillo largo y frío de mi casa, escuchando los ecos de risas pasadas y el tic-tac del reloj antiguo que heredé de mi abuelo. Pensé en mi imperio: los despachos en Castellana, los coches blindados, las cenas con políticos y empresarios… Todo vacío si no podía proteger a una niña inocente.
Al día siguiente llevé a Lucía al pediatra privado de confianza. Tras unos análisis rápidos, el diagnóstico fue claro: sedantes en sangre. El médico me miró con gravedad:
—Esto no es casualidad, Damián. Alguien quiere mantenerla dormida.
Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. Llamé a Javier:
—Tienes que volver ya. Marta está drogando a tu hija.
El silencio al otro lado fue largo y pesado.
—¿Estás seguro? —susurró finalmente.
—Tan seguro como lo estuve cuando Ana murió —le respondí, con la voz quebrada.
Javier llegó esa misma noche. Nos sentamos los tres en la cocina mientras Carmen preparaba chocolate caliente para Lucía. Javier lloró en silencio al ver a su hija tan apagada.
—No puedo creerlo… Marta parecía tan dulce —dijo entre sollozos.
—El veneno siempre viene envuelto en sonrisas —le respondí amargamente.
Esa semana fue un torbellino: abogados, psicólogos infantiles, la policía entrando y saliendo de mi casa como si fuera una comisaría más. Marta desapareció antes de que pudieran detenerla. Pero dejó tras de sí un rastro de dolor y preguntas sin respuesta.
Lucía tardó semanas en volver a sonreír. Yo tardé aún más en perdonarme por no haber visto antes lo que pasaba delante de mis narices. En España decimos que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y yo había estado ciego demasiado tiempo.
Ahora, cada vez que veo a Lucía correr por el jardín o reírse con Carmen mientras preparan torrijas en Semana Santa, siento una mezcla extraña de alivio y tristeza. El pasado nunca desaparece del todo; solo aprende a esconderse mejor entre los pliegues del presente.
A veces me pregunto: ¿cuántos secretos caben bajo un techo de lujo? ¿Cuántos fantasmas hacen falta para aprender a vivir con ellos sin dejarse arrastrar al abismo?
¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que el verdadero peligro se esconde detrás de una sonrisa familiar?