“Compra tu propia comida y cocina tú mismo. Ya no pienso seguir manteniéndote”, le dije a mi marido

—¿Por qué no compras tú la comida esta vez, Sergio? —pregunté mientras recogía los platos de la cena, mi voz tan serena como el agua de un lago en calma. No esperaba nada especial, solo una respuesta, una pequeña muestra de iniciativa. Pero lo que recibí fue un trueno en mitad de la cocina.

Sergio, que hasta ese momento había estado absorto en su móvil, levantó la vista y, con una furia que nunca le había visto, soltó un grito ahogado—¡¿Pero qué coño dices, Lucía?!—. El tenedor de nuestra hija, Paula, cayó al suelo con un tintineo metálico. El silencio que siguió fue tan denso que sentí que me ahogaba.

No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera que sentí que algo se rompía de verdad. Llevábamos quince años casados, y desde que Sergio perdió el trabajo hace dos, la tensión en casa se había vuelto una sombra constante. Yo trabajaba en una gestoría en el centro de Madrid, salía de casa a las ocho y volvía a las siete, agotada, solo para encontrarme con la casa patas arriba y Sergio tumbado en el sofá, viendo la tele o jugando a la Play. Al principio, intenté comprenderle. La crisis había golpeado fuerte y encontrar trabajo a los cincuenta no era fácil. Pero con el tiempo, la empatía se fue transformando en cansancio, y el cansancio en resentimiento.

—No te estoy pidiendo nada raro, Sergio. Solo que te ocupes de la compra y cocines de vez en cuando. Yo no puedo con todo —intenté mantener la calma, pero mi voz temblaba.

Él se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo—¡Siempre igual, Lucía! ¡Siempre echándome en cara lo mismo! ¿Acaso no ves que estoy buscando trabajo? ¿O es que te gusta hacerme sentir inútil?—

Paula, con sus catorce años, nos miraba con los ojos muy abiertos, como si de repente hubiera descubierto que sus padres eran dos extraños. Me dolió verla así, pero no podía seguir callando. No después de tantos meses tragando mi frustración.

—Buscar trabajo no es estar todo el día en casa sin hacer nada. No te pido que seas perfecto, solo que ayudes. ¿Sabes lo que es llegar a casa y ver que ni siquiera has puesto la lavadora? ¿Que la nevera está vacía y tengo que salir corriendo al supermercado después de trabajar diez horas?—

Sergio me miró con una mezcla de rabia y vergüenza. Por un momento, pensé que iba a llorar, pero en vez de eso, agarró las llaves y salió dando un portazo. El eco de la puerta resonó en el pasillo como una sentencia.

Me quedé allí, de pie, con las manos temblando y el corazón en un puño. Paula se acercó y me abrazó en silencio. Sentí que todo el peso del mundo caía sobre mis hombros. ¿En qué momento habíamos llegado a esto? ¿Cuándo dejamos de ser un equipo?

Esa noche, apenas dormí. Escuchaba el tic-tac del reloj y repasaba una y otra vez la discusión. Recordé los primeros años con Sergio, cuando todo era sencillo. Nos conocimos en la universidad, en Salamanca. Él estudiaba Historia y yo Derecho. Nos enamoramos rápido, de esos amores que parecen destinados a durar toda la vida. Nos mudamos a Madrid, compramos un piso pequeño en Vallecas y, poco después, nació Paula. Éramos felices con poco: una pizza los viernes, paseos por el Retiro, tardes de cine en casa. Pero la vida, como siempre, se encargó de complicarlo todo.

La crisis de 2008 nos golpeó, pero salimos adelante. Sergio encontró trabajo en una editorial y yo en la gestoría. No éramos ricos, pero no nos faltaba de nada. Hasta que hace dos años, la editorial cerró y Sergio se quedó en paro. Al principio, pensé que sería temporal. Pero los meses pasaban y él se fue apagando. Dejó de salir, de buscar activamente, de reírse conmigo. Yo intenté animarle, pero cada intento era como hablarle a una pared.

Con el tiempo, la rutina se volvió asfixiante. Yo hacía todo: la compra, la comida, la limpieza, ayudar a Paula con los deberes. Sergio, cada vez más ausente, se refugiaba en la televisión y los videojuegos. Cuando le pedía ayuda, siempre tenía una excusa. Que estaba buscando ofertas de trabajo, que necesitaba descansar, que ya lo haría mañana. Pero el mañana nunca llegaba.

Mis amigas me decían que tenía que plantarme, que no podía seguir así. Pero yo seguía esperando un cambio, una señal de que todo volvería a ser como antes. Hasta que esa noche, la frase salió sola: “Compra tu propia comida y cocina tú mismo. Ya no pienso seguir manteniéndote”. Y ahora, con Sergio fuera de casa y Paula llorando en su habitación, me preguntaba si había hecho lo correcto.

A la mañana siguiente, Sergio no volvió. Me fui a trabajar con el estómago encogido, temiendo lo peor. Durante el día, recibí un mensaje suyo: “No sé cuándo volveré. Necesito pensar”. No supe si sentir alivio o miedo. Paula me preguntó por él al volver del instituto, y yo solo pude abrazarla y decirle que todo iría bien, aunque ni yo misma me lo creía.

Los días siguientes fueron un infierno. La casa estaba más silenciosa que nunca. Paula apenas hablaba y yo me sentía una extraña en mi propio hogar. Mis padres vinieron a vernos, preocupados. Mi madre, siempre tan práctica, me dijo: “Lucía, tienes que pensar en ti y en tu hija. No puedes cargar con todo tú sola”. Mi padre, más callado, solo me dio un apretón en el hombro. Sentí que me ahogaba en un mar de dudas.

Una tarde, mientras preparaba la cena, Paula entró en la cocina y me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Mamá, ¿papá va a volver?

No supe qué decirle. Me arrodillé a su lado y la abracé fuerte.

—No lo sé, cariño. Pero pase lo que pase, estaremos juntas. Siempre.

Esa noche, mientras la veía dormir, pensé en todo lo que había sacrificado por mantener la paz en casa. En cuántas veces había callado para evitar una discusión, en cuántas veces había puesto las necesidades de los demás por encima de las mías. Y me di cuenta de que ya no podía más. Que merecía algo mejor. Que Paula merecía ver a su madre feliz, no derrotada.

Una semana después, Sergio volvió. Entró en casa con la cabeza baja, sin mirarnos a los ojos. Nos sentamos en el salón, los tres, como una familia rota intentando recomponerse.

—Lo siento —dijo Sergio, la voz apenas un susurro—. No supe ver lo mal que estabas. Me sentí inútil y me encerré en mí mismo. Pero quiero cambiar. No quiero perderos.

No fue fácil. Tuvimos que hablar mucho, llorar mucho, pedir ayuda. Sergio empezó terapia, yo también. Poco a poco, fuimos reconstruyendo algo parecido a una familia. No fue perfecto, ni mucho menos. Pero aprendimos a pedir ayuda, a repartir las cargas, a escucharnos de verdad.

Hoy, cuando miro atrás, me pregunto cuántas mujeres en España están viviendo lo mismo. ¿Cuántas callan por miedo, por costumbre, por amor? ¿Cuántas sienten que se ahogan en una rutina que las consume? ¿Y cuántas se atreven a decir basta?

¿De verdad es tan difícil pedir que nos cuiden también a nosotras? ¿Cuándo aprenderemos a ser un equipo de verdad?