La joven de Vallecas que salvó al hijo del magnate

—¡Por favor, que alguien me ayude! —gritó una voz temblorosa entre los árboles del parque Azorín, en pleno corazón de Vallecas.

Era yo, Lucía, con las manos heladas y el corazón a mil por hora. No podía creer lo que veía: un bebé envuelto en una manta azul, llorando desconsolado junto al banco donde suelo sentarme a leer después de limpiar casas por la mañana. ¿Quién podía dejar a un niño así? ¿Qué clase de persona hace eso?

Miré alrededor, esperando ver a una madre despistada, pero solo encontré miradas curiosas de los jubilados que jugaban a la petanca y algún que otro paseante con prisa. Nadie se acercaba. Me agaché, temblando, y cogí al pequeño en brazos. Tenía la carita roja de tanto llorar y las manitas frías como el mármol. Mi instinto fue abrazarlo fuerte, como si pudiera protegerlo del mundo entero.

—Tranquilo, pequeñín, ya estás conmigo —susurré, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.

No sabía qué hacer. Mi madre siempre decía que en España la gente ayuda, pero también desconfía. ¿Y si pensaban que yo lo había robado? Saqué el móvil y marqué el 112 con los dedos torpes.

—¿Emergencias? He encontrado un bebé abandonado en el parque… Sí, sí, está bien… No, no sé quién es… Por favor, vengan rápido.

Mientras esperaba a la policía, la gente empezó a acercarse. Una señora mayor me miró con desconfianza.

—¿Ese niño es tuyo? —preguntó con voz áspera.

—No, señora. Lo acabo de encontrar aquí solo —respondí, intentando no sonar a la defensiva.

Cuando llegaron los agentes, me hicieron mil preguntas. Les conté todo: mi trabajo limpiando casas en Salamanca, cómo siempre paso por ese parque porque es mi único momento de paz del día. Me miraron con cara de no creerse nada. Pero al ver mi preocupación genuina por el bebé, uno de ellos me sonrió y me dio las gracias.

Me fui a casa con el corazón encogido. Mi madre me esperaba con la cena lista y la tele puesta en las noticias. No le conté nada al principio; no quería preocuparla más de lo necesario. Pero esa noche no pude dormir. ¿Qué sería del bebé? ¿Tendría familia? ¿Por qué lo habían dejado allí?

Al día siguiente, todo Madrid hablaba del caso. En la televisión salía la foto del bebé y un titular: “El hijo desaparecido del empresario más rico de España”. Me quedé helada. ¡Era el hijo de Alejandro Martín! El dueño de media Gran Vía, el hombre que salía en todas las revistas del corazón con su sonrisa perfecta y sus trajes caros.

Mi móvil empezó a sonar sin parar. Primero fue la policía: querían que fuera a comisaría para dar más detalles. Luego, una mujer elegante apareció en mi portal. Era la asistente personal del señor Martín.

—Lucía, el señor Martín quiere darle las gracias personalmente —me dijo con una voz tan fría como el mármol de su anillo.

No sabía si reír o llorar. Yo, una chica de Vallecas que apenas llegaba a fin de mes, invitada al ático más lujoso de Madrid. Mi madre me animó:

—Hija, ve. No todos los días se conoce a un hombre así. Y quién sabe… igual te da una propina para pagar la luz —dijo medio en broma, medio en serio.

Subí al coche negro que me esperaba y crucé la ciudad como si estuviera soñando. Al llegar al edificio Martín, todo era lujo: portero uniformado, mármol por todas partes, cuadros enormes y flores frescas. Me sentí fuera de lugar con mis vaqueros gastados y mi chaqueta heredada.

Alejandro Martín me recibió en su despacho. Alto, elegante, pero con los ojos cansados y una tristeza que no salía en las revistas.

—Gracias por salvar a mi hijo —me dijo sin rodeos—. No sé cómo agradecerte lo que has hecho.

Le conté cómo encontré al bebé y cómo me sentí al verlo solo. Él escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando.

—¿Sabes? —me confesó— Con todo el dinero del mundo no puedes comprar tranquilidad ni amor verdadero. Hoy he aprendido eso gracias a ti.

Me ofreció una recompensa generosa. Pero lo rechacé al principio; no quería sentirme comprada ni aprovecharme de la desgracia ajena.

—No lo hice por dinero —le dije—. Lo hice porque ese niño necesitaba ayuda… como cualquiera podría necesitarla algún día.

Al final acepté solo lo justo para ayudar a mi madre con las facturas y seguir estudiando por las noches. Pero lo más importante fue lo que aprendí: que todos somos iguales ante el dolor y la esperanza, aunque vivamos mundos distintos.

A veces me pregunto si habría hecho lo mismo sabiendo quién era ese bebé desde el principio. ¿Habría sentido miedo o habría actuado igual? ¿Y tú? ¿Qué habrías hecho si te encuentras un bebé solo en el parque?