La Lección de Don Julián: Cuando las Apariencias Engañan
—¡Por favor, señor, no puede quedarse aquí! —le espeté, con la voz más firme que pude, mientras intentaba esquivar la mirada de aquel hombre sentado en el escalón de la entrada. Llevaba una chaqueta raída, una bufanda deshilachada y olía a tabaco barato y a lluvia. Era lunes por la mañana, y en la oficina de Consultora Ibérica, en pleno Paseo de la Castellana, nadie quería empezar la semana con problemas.
El hombre levantó la cabeza y me miró con unos ojos grises, cansados pero vivos. —Solo estoy esperando a alguien —dijo con voz ronca, pero educada.
—Pues espere en otro sitio, que aquí no es lugar para… —me detuve antes de decir «gente como usted». Miré alrededor, esperando que nadie de mis compañeros me viera hablando con él. En España, aunque presumimos de solidaridad, a veces somos los primeros en juzgar por las pintas.
—¿No le han enseñado a tratar bien a los desconocidos? —preguntó él, con una media sonrisa.
Me puse colorada. —Mire, tengo prisa. Si no se va, llamo al portero.
El hombre se levantó despacio, apoyándose en un bastón. Era más alto de lo que parecía sentado. Me miró de arriba abajo y asintió con resignación. —No se preocupe, señorita. Ya me voy.
Entré al edificio con el corazón acelerado y una sensación extraña en el estómago. Subí al ascensor junto a mis compañeros, que cuchicheaban sobre el nuevo director general que llegaría hoy desde Barcelona. Yo solo pensaba en llegar a mi mesa y olvidarme del incidente.
En la oficina, todo era el típico caos matutino: cafés humeantes, saludos rápidos y el runrún de las conversaciones sobre el partido del domingo. Mi compañera Lucía me preguntó si había visto al «vagabundo» de la puerta. Le dije que sí, intentando restarle importancia.
—En mi barrio hay muchos como ese —dijo Lucía—. Pero aquí en Castellana no pintan nada.
Me reí por compromiso, aunque algo dentro de mí se removía incómodo. Pensé en mi abuela, que siempre decía: «No juzgues a nadie hasta haber andado un kilómetro en sus zapatos».
A media mañana nos convocaron a todos a la sala grande para conocer al nuevo director. El jefe de recursos humanos entró primero, con su habitual aire de suficiencia.
—Os presento a don Julián —anunció—, nuestro nuevo director general.
Y entonces entró él. El mismo hombre de la puerta, pero ahora vestido con un traje impecable y el pelo peinado hacia atrás. Me quedé helada. Sentí cómo la sangre me abandonaba la cara.
Don Julián sonrió y saludó uno por uno. Cuando llegó a mí, me miró fijamente y dijo:
—Nos hemos visto antes, ¿verdad?
No supe qué decir. Asentí en silencio mientras mis compañeros me miraban extrañados.
Don Julián empezó su discurso hablando de valores: respeto, empatía, trabajo en equipo. Contó una historia sobre su infancia en un barrio humilde de Sevilla y cómo su madre le enseñó a nunca menospreciar a nadie por su aspecto.
—Hoy he venido vestido de otra manera para recordaros —dijo mirando a todos— que cualquiera puede estar pasando un mal momento. Y que el verdadero valor de una empresa está en cómo trata a las personas, no solo a los clientes o accionistas, sino también a los desconocidos.
Sentí una punzada de vergüenza y ganas de llorar. Pensé en mi padre, taxista jubilado, y en cómo siempre ayuda a quien lo necesita sin mirar a quién.
Al terminar la reunión, don Julián se acercó a mí y me susurró:
—No te preocupes. Todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos.
Esa noche, cenando con mi familia, les conté lo ocurrido. Mi madre me abrazó y me dijo: «Lo importante es que ahora lo sabes».
Desde aquel día cambié mi manera de mirar a los demás. En el metro, en la calle, incluso en casa cuando mi hermano pequeño hace alguna trastada. Porque nunca sabes quién es realmente la persona que tienes delante ni qué batalla está librando.
A veces me pregunto: ¿Cuántas oportunidades perdemos por juzgar antes de conocer? ¿Y tú? ¿Te has dejado llevar alguna vez por las apariencias?