Un techo, un plato y un secreto en el corazón de La Mancha

—¿Pero tú estás loca, Carmen? ¿Vas a dejar entrar a ese hombre en tu casa? —La voz de mi vecina Rosario retumbaba en el patio como si quisiera ahuyentar hasta a las golondrinas.

Me mordí el labio, mirando el tejado que amenazaba con venirse abajo tras la última tormenta. No tenía hijos, ni hermanos, ni nadie que me ayudara. Solo quedaba yo, mi soledad y una casa demasiado grande para una sola mujer. Y ahí estaba él: Mateo, encadenado al carro del capataz, con la mirada baja y la piel pegada a los huesos. Decían que era un esclavo traído de tierras lejanas para trabajar en las viñas del señorito. Nadie le dirigía la palabra; nadie le ofrecía ni un vaso de agua.

—Rosario, si no me ayuda él, ¿quién lo va a hacer? ¿Tú? —le respondí, intentando sonar más firme de lo que me sentía.

Ella bufó y se santiguó. —Allá tú. Pero luego no vengas llorando si te pasa algo.

Me acerqué a Mateo. El capataz me miró con desconfianza.

—¿Cuánto por unas horas de su trabajo? —pregunté.

El hombre se encogió de hombros. —Con que me des un par de huevos y pan para la merienda, vale. Este no come mucho —dijo, riéndose con sorna.

Le solté las cadenas a Mateo y le hice un gesto para que me siguiera. Subimos al tejado en silencio. Yo le pasaba las tejas y él trabajaba con una destreza que no esperaba. Ni una palabra, ni una queja. Solo sudor y concentración.

Cuando terminamos, le ofrecí un plato de cocido caliente. Se quedó mirándolo como si fuera un milagro. Dudó antes de coger la cuchara.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Mateo —susurró, sin mirarme a los ojos.

—¿Hace mucho que no comes así?

Asintió apenas. Me senté enfrente y le observé comer despacio, como si temiera que se acabara el mundo antes de terminar.

Al día siguiente, el rumor ya corría por todo el pueblo: «Carmen ha dado de comer a un esclavo en su propia mesa». Las vecinas cuchicheaban en la plaza; los hombres me miraban con recelo desde la taberna. Mi soledad se volvió aún más densa, pero algo dentro de mí se encendió.

Mateo volvió al día siguiente para rematar el trabajo sin que nadie se lo pidiera. Esta vez le preparé tortilla de patatas y un poco de vino. Se atrevió a sonreírme. Hablamos poco, pero bastó para entendernos: él necesitaba dignidad; yo necesitaba compañía.

Una tarde, mientras recogíamos leña juntos, escuché pasos apresurados y voces airadas. Era el capataz con dos hombres más.

—¡Aquí está! ¡Te has pasado de lista, Carmen! ¡Ese hombre es propiedad del señorito! —gritó.

Me puse delante de Mateo sin pensarlo.

—Aquí nadie es propiedad de nadie —dije con voz temblorosa pero firme—. Si quiere llevárselo, tendrá que pasar por encima de mí.

El capataz dudó. Las vecinas se asomaron a las ventanas; algunos hombres salieron a la calle. Nadie se atrevía a intervenir, pero sus miradas decían más que mil palabras: miedo, curiosidad… y algo parecido a la admiración.

Al final, el capataz se marchó maldiciendo entre dientes. Mateo me miró con lágrimas en los ojos por primera vez.

—Gracias —susurró—. Nadie había hecho eso por mí nunca.

Desde aquel día, Mateo se quedó conmigo. El pueblo tardó en acostumbrarse; algunos nunca lo hicieron. Pero poco a poco, otros empezaron a mirar a los esclavos con otros ojos. A veces basta un gesto para romper cadenas invisibles.

Ahora, cuando miro el tejado reparado y escucho la risa de Mateo en el patio, me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de cambiar algo solo por miedo al qué dirán? ¿Y si todos tuviéramos el valor de mirar más allá de las cadenas?