El día que descubrí que mi padre me había borrado de su testamento
—Papá, no puedo más. No puedo seguir cuidándote solo —le dije, con la voz quebrada, mientras él me miraba desde su sillón, la mirada perdida entre las fotos antiguas del salón. Mi hermana Carmen me observaba desde la puerta, apretando los labios, como si quisiera decir algo pero no se atreviera. El olor a sopa recalentada y medicamentos flotaba en el aire, mezclado con el eco de los recuerdos de mamá, que ya no estaba.
—¿Y qué quieres que haga, hijo? —me respondió mi padre, con esa dignidad herida que tanto me dolía ver en él—. ¿Abandonarme en una residencia como si fuera un mueble viejo?
Me temblaron las manos. Carmen se acercó y puso una mano en mi hombro.
—Luis, no podemos seguir así. Papá necesita cuidados que nosotros no podemos darle. Yo tengo a los niños, tú tienes tu trabajo…
La decisión se tomó esa tarde, entre lágrimas y reproches. Mi padre lloró en silencio cuando le expliqué que iría a la residencia San Isidro, la mejor del barrio de Chamberí, según decían. Yo sentí que le fallaba, pero intenté convencerme de que era lo mejor para todos.
Durante meses, las visitas se hicieron cada vez más cortas y distantes. Carmen iba de vez en cuando con los niños, yo pasaba los domingos por la tarde, siempre con prisa, siempre con excusas. Mi padre se fue apagando poco a poco. Un día, al llegar, lo encontré mirando por la ventana.
—¿Sabes qué es lo peor de hacerse viejo? —me dijo sin mirarme—. Que te vuelves invisible para tus propios hijos.
No supe qué contestar. Me limité a apretarle la mano y prometerle que pronto lo llevaría a casa unos días. Nunca cumplí esa promesa.
El tiempo pasó y un día recibí la llamada: mi padre había fallecido. Carmen y yo nos abrazamos en el tanatorio, entre lágrimas y silencios incómodos. La culpa me pesaba como una losa, pero intenté consolarme pensando que al menos había hecho lo correcto.
Unas semanas después, Carmen me llamó para hablar del testamento.
—Luis, tenemos que ir al notario. Papá dejó todo arreglado antes de morir.
No le di mucha importancia. Sabía que la casa familiar era lo más valioso y que seguramente la repartiríamos entre los dos. Pero cuando el notario empezó a leer el testamento, sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.
—Por deseo expreso del difunto don Antonio García López, se deja la totalidad de sus bienes a su hija Carmen García y a sus nietos…
—¿Perdón? —interrumpí, sin poder creer lo que oía—. ¿Y yo?
El notario me miró con una mezcla de lástima y profesionalidad.
—Su padre dejó una carta para usted —dijo, extendiéndome un sobre amarillento.
Temblando, abrí la carta delante de Carmen:
“Querido Luis,
Sé que hiciste lo que creías mejor. Pero nunca olvidaré el día en que me llevaste a la residencia. Sentí que dejabas de ser mi hijo para convertirte en un extraño. No te guardo rencor, pero quiero que entiendas lo que significa sentirse solo cuando más necesitas a tu familia. Espero que algún día puedas perdonarte a ti mismo y entender mis razones.”
Las palabras me atravesaron como cuchillos. Carmen lloraba en silencio. Yo sentí rabia, tristeza y una culpa insoportable.
—Esto no es justo —dije entre dientes—. Yo también soy su hijo. Hice lo que pude…
Carmen me abrazó.
—Papá estaba muy dolido… Pero aún podemos arreglarlo entre nosotros.
Pero nada podía arreglar el vacío que sentía por dentro. La casa familiar quedó en manos de Carmen y sus hijos. Yo volví al piso pequeño donde vivía con mi mujer Lucía y nuestros problemas económicos se hicieron aún más evidentes.
Durante meses no pude dormir bien. Me preguntaba una y otra vez si podría haber hecho algo diferente. Si debí luchar más por cuidar a mi padre en casa, si debí escucharle más, abrazarle más…
Un día fui a la residencia para recoger las pocas cosas que quedaban de él: una bufanda vieja, un reloj parado y un álbum de fotos donde salíamos los tres en la playa de Benidorm cuando yo era niño. Me senté en el banco del jardín y lloré como no había llorado nunca.
A veces pienso en todo lo que perdimos por miedo al sacrificio o por comodidad. Pienso en cómo las familias se rompen por decisiones difíciles y cómo el dinero puede sacar lo peor de nosotros mismos.
¿De verdad hice lo correcto? ¿O simplemente elegí el camino más fácil? ¿Cuántos hijos en España están viviendo ahora mismo este mismo dilema?
¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar? ¿Creéis que merezco el castigo de mi padre o simplemente fue una consecuencia inevitable de nuestra vida moderna?