El secreto de la princesa y el mozo de cuadra

—¡Lucía, por el amor de Dios, no puedes seguir con esto! —La voz de mi madre retumbó en el patio empedrado, tan fría como la brisa de la madrugada sevillana. Yo apretaba los puños, sintiendo cómo la rabia y el miedo me subían por la garganta.

—¿Y qué quieres que haga, madre? ¿Que me case con ese viejo de Don Alonso solo porque tiene tierras y vacas? —le respondí, casi sin aliento. Mi corazón latía tan fuerte que temía que todos pudieran oírlo.

Mi madre me miró con esos ojos grises que nunca mostraban compasión. —No tienes elección. Eres la hija mayor del marqués. No puedes manchar el apellido por un capricho.

Pero no era un capricho. Era Diego. El mozo de cuadra. El que me miraba como si yo fuera la única persona en el mundo. El que me enseñó a montar a caballo sin miedo, el que me escuchaba cuando nadie más lo hacía. Y esa noche, bajo la sombra de los naranjos, alguien nos vio. Alguien escuchó mis suspiros y los besos robados entre el olor a heno y tierra mojada.

La finca de Valdeolivas era un mundo aparte, rodeada de olivares y viñedos, donde el tiempo parecía haberse detenido. Pero las paredes susurraban secretos y las criadas tenían ojos en todas partes. Cuando el capataz Rodrigo entró en los establos aquella noche, no esperaba encontrarme allí, con el vestido arrugado y las mejillas encendidas.

—Señorita Lucía… —balbuceó Rodrigo, apartando la mirada—. Su padre debe saber esto.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Diego se puso delante de mí, desafiante, aunque sabía que su vida pendía de un hilo.

—No fue culpa suya —dije yo, con voz temblorosa—. Si alguien debe pagar por esto, seré yo.

Pero en Andalucía, en 1687, una mujer no tenía derecho a elegir su destino. Mi padre, el marqués, era un hombre severo y orgulloso. Cuando se enteró, su furia fue como una tormenta de verano: rápida y devastadora.

—¡Ese mozo no verá la luz del día! —gritó golpeando la mesa del comedor—. ¡Y tú, Lucía, te irás al convento antes de que amanezca!

Mi madre lloraba en silencio. Mi hermana pequeña me miraba con miedo y admiración. Yo solo pensaba en Diego, encerrado en el granero bajo llave, esperando su sentencia.

Esa noche no dormí. Escuché los rezos de mi abuela desde su habitación y los pasos nerviosos de los criados. Cuando todos dormían, salí descalza al patio, con la luna como única testigo. Me acerqué al granero y susurré:

—Diego…

Él se levantó del suelo de paja, con los ojos llenos de amor y resignación.

—No tienes que hacer esto por mí —me dijo—. No quiero que sufras.

—Prefiero sufrir contigo que vivir una vida vacía —le respondí, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban las mejillas.

No sé cómo encontré el valor, pero busqué la llave en la cocina y abrí la puerta del granero. Diego salió conmigo al huerto, donde los limoneros perfumaban el aire. Corrimos hacia el río Guadalquivir, donde una barca nos esperaba —la misma barca donde tantas veces habíamos soñado con huir.

El alba empezaba a teñir el cielo cuando escuchamos los gritos desde la finca. Sabíamos que nos buscarían por toda Andalucía. Pero por primera vez en mi vida sentí que era dueña de mi destino.

Años después, aún recuerdo esa noche como si fuera ayer. ¿Mereció la pena arriesgarlo todo por amor? ¿O fui una insensata por desafiar a mi familia y a toda una sociedad? No lo sé… Pero a veces hay que saltar al vacío para descubrir si uno puede volar.