El cumpleaños de mi hija y el silencio que nos separa: ¿En qué momento me convertí en una extraña para ella?

—¿De verdad no vas a venir, mamá?— Su voz, fría y cortante, aún resuena en mi cabeza. No sé si fue peor escucharla así o ver cómo colgaba sin esperar respuesta. Hoy Marisa cumple treinta y dos años y yo, su madre, no estoy invitada a la celebración. Me siento como una sombra en mi propia vida, preguntándome en qué momento me convertí en una extraña para mi propia hija.

Hace tres años que soy viuda. Juan se fue de repente, un infarto fulminante mientras dormía. Desde entonces, la casa se volvió demasiado grande y demasiado silenciosa. Al principio, Marisa venía cada domingo a comer. Yo preparaba su plato favorito, cocido madrileño, y ella me contaba sus cosas del trabajo, de sus amigas, de sus sueños. Pero poco a poco esas visitas se fueron espaciando. Primero fue el trabajo, luego los viajes, después las excusas vagas: “Estoy cansada”, “Tengo que estudiar para una oposición”, “No me encuentro bien”.

Cuando perdí el empleo en la biblioteca municipal, pensé que sería temporal. Pero a mis sesenta años, nadie quiere contratarme. He mandado currículums a todas partes: supermercados, tiendas de ropa, hasta de limpiadora. Nada. El teléfono no suena. Y cada día me siento más inútil, más invisible.

Ayer llamé a Marisa para felicitarla por adelantado. No contestó. Le mandé un mensaje: “Feliz cumpleaños, hija. Te quiero mucho”. Solo recibí un “Gracias” seco, sin emoticonos, sin nada más. Me quedé mirando la pantalla durante minutos, esperando algo más. Pero no llegó.

Recuerdo cuando era pequeña y me abrazaba fuerte antes de dormir. “Mamá, prométeme que nunca me dejarás sola”. Yo le prometía mil veces que siempre estaría ahí para ella. ¿Cuándo rompí esa promesa? ¿Fue cuando empecé a trabajar tantas horas para pagar la hipoteca? ¿O cuando discutía con Juan delante de ella por tonterías? ¿O quizá cuando me encerré en mi propio dolor tras la muerte de su padre y dejé de escucharla?

La última vez que hablamos cara a cara fue hace dos meses. Había venido a recoger unas cosas suyas del trastero. La noté distante, casi hostil.

—¿Te pasa algo, Marisa?— le pregunté mientras le ofrecía un café.

—Nada, mamá. Solo tengo prisa.

—¿No quieres quedarte a comer?

—No puedo —me respondió sin mirarme—. Además, ya no soy una niña.

Me dolió más de lo que debería. Me quedé sola en la cocina, con dos platos servidos y el silencio como único invitado.

Hoy he salido a comprar pan y he visto a Carmen, mi vecina del tercero, paseando con su nieta. Me ha saludado con una sonrisa compasiva.

—¿Qué tal Marisa? Hace tiempo que no la veo por aquí.

He mentido: “Está muy ocupada con el trabajo”. Pero por dentro sentí una punzada de vergüenza y tristeza.

Al volver a casa, me senté en el sofá y abrí el álbum de fotos. Marisa disfrazada de princesa en su quinto cumpleaños; Marisa con su padre en la playa de Benidorm; Marisa abrazándome el día que terminó la carrera. ¿Dónde quedó esa complicidad? ¿Por qué ahora solo hay distancia?

He pensado en llamarla otra vez, pero temo su rechazo. Temo oír ese tono frío que me parte el alma. Temo confirmar que ya no me necesita o, peor aún, que me guarda rencor por algo que ni siquiera sé nombrar.

A veces pienso que la culpa es mía por haber sido demasiado exigente, por querer protegerla de todo y no dejarla volar a su ritmo. Otras veces creo que es ella quien se ha vuelto egoísta, incapaz de ver mi soledad y mi dolor. Pero luego me miro al espejo y veo a una mujer cansada, con arrugas nuevas cada día y los ojos hinchados de llorar en silencio.

Esta noche he soñado con Juan. Me decía: “Habla con ella, no te rindas”. Pero ¿cómo se habla con alguien que ya no quiere escucharte?

El teléfono sigue sin sonar. El reloj avanza lento y cruel. Afuera llueve y dentro de mí también.

Quizá mañana reúna el valor para ir a buscarla al trabajo o plantarme en su casa con una tarta como hacía antes. Quizá mañana encuentre las palabras adecuadas para pedirle perdón por mis errores y decirle cuánto la echo de menos.

Pero hoy solo tengo este vacío y estas preguntas sin respuesta:

¿En qué momento dejamos de ser madre e hija para convertirnos en dos desconocidas? ¿Todavía hay tiempo para recuperar lo perdido?

¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?