“Me has robado a mi hijo”: El drama de una madre, una hija y un nieto entre reproches y silencios

—¡No tienes derecho! ¡Me has robado a mi hijo!— gritó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas y la voz rota por años de distancia y resentimiento. Yo me quedé helada, con las manos temblorosas sobre la mesa de la cocina, la misma donde tantas veces le preparé el desayuno a Daniel, mi nieto, el niño que ella me dejó una mañana de otoño hace ya nueve años.

Recuerdo perfectamente aquel día. Lucía llegó con prisas, la maleta arrastrando por el pasillo y Daniel medio dormido en sus brazos. —Mamá, necesito que me ayudes. Me han ofrecido un puesto en Madrid, en una editorial importante. Es mi oportunidad—. Su voz temblaba entre la emoción y el miedo. —Solo serán unos meses, te lo prometo—. Yo asentí, porque siempre he sido de las que se tragan las lágrimas y sonríen para no preocupar a los demás.

Los meses se convirtieron en años. Daniel creció conmigo en nuestro piso de Salamanca, aprendió a leer sentado en mis rodillas, a montar en bici por el parque de La Alamedilla, a distinguir el olor del cocido los domingos. Cada Navidad le escribíamos una carta a su madre, pero las respuestas llegaban cada vez más tarde, cada vez más frías.

A veces me preguntaba si estaba haciendo lo correcto. ¿Era justo que Daniel creciera sin su madre? ¿O era peor dejarle marchar con ella a una ciudad donde no tenía ni amigos ni colegio? Pero Lucía siempre decía que pronto volvería, que todo era por el bien de su hijo.

El tiempo pasó y Daniel empezó a llamarme “mamá” alguna vez, sobre todo cuando tenía fiebre o pesadillas. Yo le corregía con dulzura: —Abuela, cariño. Yo soy tu abuela—. Pero él insistía, y yo sentía una punzada de culpa y ternura al mismo tiempo.

Hace dos semanas Lucía volvió. Apareció en la puerta sin avisar, con el pelo más corto y las manos llenas de bolsas caras. Daniel estaba haciendo los deberes en la mesa del salón. Cuando la vio, se quedó paralizado. —¿Mamá?— preguntó con voz bajita. Lucía se lanzó a abrazarle, llorando como si quisiera recuperar todos los años perdidos en un solo instante.

Esa noche discutimos hasta la madrugada. —¿Por qué no me llamaba mamá? ¿Por qué no me reconocía?— me reprochó Lucía entre sollozos. —Tú le has criado como si fuera tuyo. Me lo has quitado—. Yo intenté explicarle que solo hice lo que creí mejor para él, que nunca quise ocupar su lugar. Pero ella no escuchaba; solo veía el vacío que había dejado y que ahora no sabía cómo llenar.

Los días siguientes fueron un infierno. Daniel no quería irse con ella a Madrid; decía que aquí tenía su vida, sus amigos, su colegio. Lucía insistía en que era su madre y tenía derecho a llevárselo. Yo me sentía atrapada entre los dos seres que más quiero en el mundo, incapaz de satisfacer a ninguno.

Una tarde, mientras preparaba la merienda, escuché a Daniel llorar en su habitación. Entré despacio y le encontré abrazado a su peluche favorito. —No quiero irme, abuela— susurró—. Mamá es una extraña para mí—. Le abracé fuerte, sintiendo cómo mi corazón se partía en mil pedazos.

Esa noche Lucía entró en la cocina mientras fregaba los platos. —¿Por qué nunca me llamaba? ¿Por qué no luchaste por que volviera conmigo?— preguntó con voz cansada. Me giré hacia ella y por primera vez en años dejé salir todo lo que llevaba dentro:

—Porque tú necesitabas volar y yo no podía dejarle caer. Porque cada vez que te llamaba y no contestabas, él lloraba durante horas y yo tenía que inventar historias para consolarle. Porque preferí ser el blanco de tu rabia antes que dejarle solo—.

Lucía se quedó callada mucho rato. Al final murmuró: —No sé si podré perdonarte—.

Ahora la casa está llena de silencios incómodos y miradas esquivas. Daniel duerme mal y pregunta cada noche si mañana todo volverá a ser como antes. Yo no sé qué contestarle.

A veces me pregunto si el amor puede ser un error cuando se da demasiado, si proteger a quienes queremos puede acabar destruyéndonos por dentro. ¿Qué haríais vosotros? ¿Se puede reparar un corazón roto por amor?