Mi hija se avergüenza de mí porque no puedo ayudarla económicamente: ¿De verdad el dinero vale más que el amor de una madre?
—Mamá, ¿no te das cuenta de que a veces me da vergüenza presentarte delante de los padres de Sergio?—. La voz de Lucía retumbó en el pequeño salón, entre las paredes llenas de fotos antiguas y diplomas polvorientos. Me quedé helada, con la taza de café temblando entre mis manos arrugadas. No supe qué responder. ¿Cómo se responde a algo así?
Siempre pensé que el amor de una madre era suficiente. Que con mi esfuerzo, mi dedicación y mis noches sin dormir, Lucía entendería que lo material es pasajero, pero el cariño permanece. Pero hoy, en este piso modesto de Vallecas, mi hija me mira con ojos duros, como si yo fuera una carga, una sombra incómoda en su vida perfecta.
Mi marido, Antonio, murió hace diez años. Desde entonces, la pensión de viudedad y mi jubilación como maestra apenas me alcanzan para pagar la luz y la comida. Pero nunca le faltó nada a Lucía. Recuerdo los inviernos en los que me quedaba sin abrigo nuevo para poder comprarle los libros del colegio. Las excursiones que no podía permitirme, pero que ella nunca se perdió gracias a mis horas extra dando clases particulares.
—Mamá, entiéndelo… Los padres de Sergio tienen otra vida. Son empresarios, tienen casas en la costa, viajan a Marbella cada verano. Yo… yo no quiero que piensen que vengo de una familia pobre—. Lucía bajó la mirada, pero su voz no tembló.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Pobre? ¿Eso es lo que soy para ella ahora? ¿Una madre pobre? Me levanté despacio y fui hasta la ventana. Afuera llovía, como si Madrid llorara conmigo. Recordé cuando Lucía era pequeña y corría por este mismo salón, riendo, sin importarle si la ropa era nueva o heredada de su prima Marta.
—¿Y todo lo que hice por ti? ¿No cuenta?— murmuré casi sin voz.
Lucía suspiró. —Claro que cuenta, mamá. Pero ahora las cosas son diferentes. Sergio quiere que vayamos a esquiar con sus padres en Navidad y… no puedo pedirte dinero para eso. Ni siquiera puedes ayudarme con el coche nuevo.—
Me giré y la miré fijamente. —¿Eso es lo que te importa? ¿El coche? ¿Las vacaciones? ¿Eso vale más que los años que pasé trabajando para darte lo mejor?—
Ella se encogió de hombros, incómoda. —No lo entiendes, mamá. Hoy en día todo es diferente.—
Me senté de nuevo, derrotada. Recordé las veces que Lucía venía llorando porque la habían dejado fuera en el colegio por no tener la mochila de moda. Siempre intenté enseñarle que el valor de una persona no está en lo que tiene, sino en lo que es.
Pero ahora veo que he fracasado.
La familia de Sergio es todo lo contrario a nosotros: cenas en restaurantes caros del centro, regalos caros en Reyes, fotos en Instagram desde yates en Menorca. Yo no puedo competir con eso. Ni quiero.
Hace dos semanas fue el cumpleaños de mi nieta Paula. Le regalé un libro precioso sobre animales del mundo, igual que hacía con Lucía cuando era niña. Pero vi cómo Lucía apartaba el regalo con rapidez cuando llegaron los abuelos paternos con una bicicleta eléctrica y un smartwatch último modelo.
Esa noche lloré en silencio en mi cama. No por el regalo, sino porque sentí que ya no tenía un lugar en la vida de mi hija ni de mi nieta.
Hoy Lucía me ha pedido que no vaya a la comida familiar del domingo porque «no quiero que te sientas incómoda». Sé lo que quiere decir: le da vergüenza mi ropa sencilla, mis manos manchadas de tiza y mi acento castizo.
—Mamá… No te lo tomes así…— intentó suavizar Lucía al ver mis ojos llenos de lágrimas.
—¿Así cómo? ¿Como una madre a la que su hija le pide que desaparezca para no avergonzarla?— respondí con voz rota.
El silencio se hizo eterno entre nosotras.
Recuerdo cuando Lucía era pequeña y me decía: «Mamá, eres la mejor del mundo». Ahora parece que sólo soy un estorbo, un recordatorio incómodo de sus orígenes humildes.
He pensado muchas veces en vender este piso y mudarme a un pueblo pequeño donde nadie me conozca, donde pueda vivir tranquila con mi pensión y mis recuerdos. Pero entonces pienso en Paula, en cómo me abraza cuando viene a verme y me pide que le cuente historias antes de dormir.
¿De verdad el dinero puede borrar todo lo vivido? ¿Puede una hija olvidar el amor y el sacrificio de su madre sólo porque no puede comprarle un coche o pagarle unas vacaciones?
Esta noche he decidido escribir esta historia porque sé que no soy la única madre en España que se siente así: desplazada por no tener dinero, juzgada por su propia hija por no poder competir con familias más ricas.
Quizá algún día Lucía entienda que el verdadero valor está en el corazón y no en la cuenta bancaria.
¿De verdad hemos llegado a un punto en el que el dinero vale más que el amor? ¿Cuántas madres estarán ahora mismo preguntándose si han fallado sólo por no poder dar más cosas materiales a sus hijos?